miércoles, 11 de febrero de 2009

EVARISTO ESTENOS. SU DOCTRINA

EVARISTO ESTENOZ: SU DOCTRINA
(con referencia a Martín Morúa Delgado)
POR: JUAN RENÉ BETANCOURT
TEMA # 6


Por fin le llega el turno al otro gran líder de los negros, héroe y mártir de su causa, el general de la guerra Evaristo Estenoz. La historia registra muchos casos de ingratitud, de incomprensión de un gran hombre por sus coetáneos, pero siempre, como por irrefrenable dialéctica, también señala la reivindicación del genio, como si un escozor instara y compeliera al mundo de hoy a reparar las injusticias y lagunas de los mundos que previamente han sido. Pero no sucede igual cuando el gran hombre aplico su genio a la redención de un pueblo o de una raza que en el momento de escribir la historia continúan vencidos. Los vencedores darán una versión arbitraria y parcial de los hechos y de quienes lo dirigieron, y esa versión llegar a hacer fortuna también entre el hombre medio de los vencidos; que conforme de conservar la vida ignora que sólo ♪0sta vale cuando se aplica a algo digno y grande, pero a él no le interesa nada de esto: quiere guardarse la vida aunque sea al alto precio de la indignidad, y al igual que el ganado bovino cuando sacrifican a un ejemplar en el campo, se acerca al lugar, percibe el olor a sangre hermana y huye despavorido mugiendo con indescriptible espanto, así las generaciones vencidas niegan y excomulgan cobardemente a su líder, a su mártir, al que murió luchando por sus derechos y por su felicidad. Y así ha sucedido con el general de la guerra Evaristo Estenoz.

Como todas las grandes doctrinas, la de él parte de un hecho simple. Observa con disgusto que los negros con sus votos en el proceso electoral podrían ganar altas magistraturas e importantes posiciones, y que sin embargo a la hora del reparto sólo les daban los puestos de ugieres, barrenderos, policías, etc., y entonces, consciente de la base económica de la discriminación racial, piensa que a través de los altos cargos de la Administración Publica el negro puede levantar su nivel económico. Sabiendo que el negro representaba la tercera parte de los votantes, intuye que haciéndolos concurrir organizados, formando su propio partido y por lo mismo una nueva fuerza, obtendrían justamente cuanto cívica y políticamente se merecían, y así concibe y funda, con estos fines, el Partido Independiente de Color.
Esto lo sitúa en un plano clasista definido y radical, con pleno conocimiento de la historia y de la sociedad, en ninguna de las cuales nada que no sea una fuerza se hace oír y ningún otro medio que no sea el de la presión o compulsión pue4de modificar o variar el status quo. Y este mismo fue el plano en que se situó José Antonio Aponte y el propio en que quiso situarse de todo corazón Don Juan Gualberto Gómez.
En los tiempos en que vivió Estenoz, lo mismo que en estos ,, existía entre los negros el pugilato por el liderazgo, más para obtener bondades de la clase dominante que para conducir a la raza, y por lo mismo existían grandes envidias y odios. Los presuntos líderes no libraban la batalla contra los explotadores tratando de obtener beneficio para su gente, sino entre ellos mismos, tratando de eliminarse recíprocamente.
Evaristo Estenoz no perdió el tiempo combatiendo a los presuntos líderes, sino que fue al grano, con su propia doctrina, defendiendo con e4nergia y tesón inquebrantables. Enfrenta el Partido la primera prueba electoral, todavía su fundación es muy reciente y nada extraordinario sucede. Pero Estnoz es un estudiante de los hechos y en ellos aprende valiosas enseñanzas. La propaganda se intensifica, el periódico “Patria” desempeña admirable papel y ya el partido es una emoción y una esperanza para los negros de Oriente a Occidente Ya nadie duda de que saldrá airoso en las próximas elecciones. Por fin el negro, con su esfuerzo y dentro de las normas legales del país va a constituir una fuerza que le permita alcanzar la felicidad. Y es entonces que se levantan, no los blancos, que más bien reconocieron en un principio la justicia que asistía a Estenoz y a sus seguidores, sino los envidiosos, los que aparentando ser líderes de los negros se aprovechan en el confusionismo para escalar altas posiciones, y ahora Estenoz, haciendo lo que ellos ni siquiera habían intentado hacer: un movimiento clasista de masas, no cabe duda que los destronaba en el presente y los empequeñecía ante la historia. Por ello se apresuraron a asestarle el golpe, a destruir a tan peligroso rival.
Martín Morúa Delgado fue el líder de esta miserable contraofensiva o contra-revolución. En materia negra sólo se sabe de él que era un impugnador incansable de todo lo que fuera organización clasista. Parece que daba como solución a la triste situación del negro: el amor a Cuba, la superación cívica del pueblo o alguna otra trivialidad por el estilo. Pero él no se conformaba con no hacer, sino que trataba de evitar por todos los medios que los demás hicieran. Él no era demócrata en cuanto a doctrina y táctica negras, sino absolutamente totalitario. No estaba de acuerdo en sustentar un criterio y respetar el de los demás, esperando que la vida y la experiencia, que son quienes tienen en última instancia la razón, pusieran las cosas en su lugar, sino que agredía, atacaba, destruía, nada lo detenía cuando se trataba de una opinión en esta materia que no fuera la suya o de un líder de los negros que no fuera el propio Morúa; ni siquiera a Don Juan Gualberto Gómez le perdono tal carácter, y así llegamos a la más grande hazaña de Don Martín Morúa Delgado en materia negra: Su famoso Apéndice a la Ley Electoral, en el cual se prohibía expresamente la existencia de partidos políticos denominados con el sello de raza. Tan altos cargos que ocupo durante toda su vida el señor Martín Morúa Delgado y nunca se había molestado ni apasionado tanto en la confección y aprobación de una ley contra los discriminadores, contra los que hambreaban al negro cerrándole las puertas de todos los puestos lucrativos[1], como hacía ahora con esta antipática ley, que le ponía un valladar legal a las más justas y urgentes aspiraciones del hombre de color. No tiene justificación alguna en que Morúa haya usado su influencia y su cargo para cerrarle el camino de la legalidad a una lucha de su propia gente. El hecho de que no le hubiera gustado a él tal tipo de solución no lo autorizaba más que para no participar en el mismo, hasta para salvar su responsabilidad histórica haciendo sendas y sesudas declaraciones publicas contra el proyecto, pero el uso de la fuerza, la imposición de su propio criterio, evitar toda posibilidad de éxito con tan irritante leguleyismo, constituye el más grande, a la vez que el más vergonzoso pecado de Morúa.

Tal actitud pone en precario su condición de líder y autoridad entre los negros, pues si de veras poseía tales títulos, debió de haber bastado su impugnación para que nadie hubiera ido a formar filas con Estenoz, y en este caso, ¿para qué podía hacer falta una ley si en realidad el Partido Independiente de Color no podría pasar de una pretensión que ni siquiera alcanzaría el factor necesario para inscribirse electoralmente? Pero parece que Morúa no influía mucho en la masa, (las altas posiciones pueden ser producto de “tickets y maniobras politiqueras,”) y a pesar de su impugnación la gente siguió a Estenoz, por lo que Don Martín se vio obligado a usar todas las fuerzas a su alcance, toda la coacción de que disponía para no permitirle la gloria del triunfo a su poderoso rival. Morúa actuó de mala fe en el caso de Estenoz. Se dejó arrastrar lamentablemente por el sentimiento de rivalidad y por la más innoble pasión.
Para darnos cuenta de esto debemos de saber que la oposición de Morúa dejaba fuera de la ley al Partido Independiente de Color sin darle oportunidad de atemperarse a la exigencia legal, pues Estenoz y sus amigos hubieran podido cambiarle el nombre al partido, salvando así el obstáculo leguleyesco, pero esto no era posible, pues para poder concurrir a las elecciones próximas el partido necesitaba, por imperativo de la propia ley, haber concurrido a las elecciones inmediatas anteriores, de modo que para los efectos electorales, si se le cambiaba el nombre se convertiría en algo nuevo y como tal no podría concurrir a las elecciones. Todo estaba previsto y hecho con malicia inaudita. Pasar unas elecciones en la inactividad y esperar cuatro años para concurrir a otra, no es nada estimulante ni provechoso para un partido novel, hecho sin dinero y a duras penas. Y esto lo sabía Morúa, y debe de haberse frotado las manos satisfecho de su obra. Por eso se desesperaron Estenoz y sus amigos, por eso el Partido perdió la paciencia: era muy grande el atropello, demasiado mortificante la traición.

Cuando se estudian las distintas sesiones de ambas cámaras en las que se trató el problema, concurrimos al acontecimiento de mayor rebajamiento e indignidad de la raza. Empecemos por decir que ni una sola voz blanca se levantó contra el Partido Independiente, sino que por el contrario, los que hablan lo hacen a favor, para reconocer la justicia que asistía a Estenoz y a sus seguidores.
Los impugnadores eran los propios negros congresistas que habían, entre los cuales se destacaba el general Generoso Campos Marquetti,[2] actual “Presidente” de la Federación de Sociedades Negras de Cuba. Esto se explica. A los blancos no les afectaba que Evaristo Estenoz se convirtiera en un verdadero líder de los negros, pues si hasta el momento habían venido tratando con “lideres” sin masa ni doctrina y haciéndole concesiones, ¿ qué más les daba negociar con el líder verdadero? Los opuestos eran los que se veían destronados por aquel hombre extraordinario, los que estaban medrando en la Cámara o en Senado. Pero ellos, que en definitiva eran negros, amparados en el prestigio indiscutible de Morúa, les pedían a sus colegas blancos la aprobación de semejante ley, y éstos los complacían, aunque tuvieran luego que lavarse las manos al estilo de Poncio Pilatos. Y la ley fue votada, y el partido ilegalizado, y la historia del negro retrasada en cien años `por culpa de las ambiciones de Morúa.
Ahora el caos…el desastre. Cerradas todas las puertas de la legalidad, acosados cívica y políticamente los hombres del Partido Independiente de Color, recurrieron a lo que se llamaba entonces la protesta armada. No se trataba de una guerra, ni de un alzamiento, sino de algo simbólico e inocuo desde el punto de vista militar. Distintos intereses concurrieron ante el hecho para hacerlo culminar en drama. José Miguel Gómez ocupaba a la sazón la presidencia de la republica e intentaba ir a la reelección, y sus adversarios , desde luego, querían hacerlo fracasar, por lo que encontraron una buena oportunidad de impopularizarlo obligándolo a hacer una gran matanza de negros. Empezaron pues a acusarlo de flojo, de incapaz, de no actuar con la debida energía en el “alzamiento” de los negros. Los antinegristas por su parte, les echaron manos al único argumento que conocen: Gritar a los cuatro vientos que los negros estaban violando a las mujeres blancas en Oriente. Los propios adversarios políticos de José Miguel Gómez, valiéndose de sus influencias en los Estados Unidos, consiguieron que la Cancillería de ese país mandara una nota conminatoria al gobierno de Cuba, mientras que la prensa criolla, con tanto sensacionalismo como irresponsabilidad, daba sendas y “ tremendas” noticias acerca del canibalismo de los negros alzados, del espíritu incendiario de los mismos y de su patológica sed de hembras blancas, siendo esto ultimo, según los partes, el único motivo y fin de aquella “revolución”.Entonces el indeciso José Miguel Gómez cede y el antinegrista Orestes Ferrara, a la sazón Presidente de la Cámara de Representantes presiona, y se vota una ley que autorizaba al tristemente Jefe del Ejercito entonces, General Monteagudo, a hacer y a deshacer.
Al igual que los vientos del sur recrudecen ene. loco su dolencia produciéndole verdaderos accesos o furias, toda esa malsana propaganda y todo ese aspaviento legislativo sacó de su estado latente el odio que contra los negros tienen en su corazón los discriminadores, y se organizaron milicias de voluntarios para ir a matar negros, dándosele comienzo así a la más bochornosa pagina de nuestra historia. Para comprender que Evaristo Estenoz no se alzó, basta pensar que él era un general de la guerra y que la mayor parte de sus acompañantes eran veteranos de la independencia. Si ellos en realidad se hubieran alzado, podían haber perdido la guerra, pero debieron de haber ganado alguna batalla, o por lo menos causarle algunas bajas al enemigo en los distintos encuentros. Pero nada de esto sucedió. Según los partes del General Monteagudo el ejercito no sufrió ni una sola baja, sin embargo eran tantas las gentes que mataban, que aún este sanguinario General se veía obligado a declarar: “esto ha sido una verdadera carnicería…por nuestra parte sin novedad”.Y todos los partes expresan lo mismo, lo que demuestra que aquello fue una matanza a mansalva de gentes desarmada e indefensas. Y no se detuvo allí la ola salvaje del anti-negrismo criollo, sino que llegó a los crímenes más espantosos: en las provincias orientales se mató mucha gente ajena totalmente al Partido Independiente de Color, por el único delito de ser negras, y a muchas mujeres de esta raza en estado de gestación se les abrió el vientre para evitar que naciera un negro más, y luego se les amacheteó con repugnante saña. Es bueno preguntarnos ahora si el señor Martín Morúa Delgado, responsable directo de todo esto, evitó algún mal con su antipática ley o si en realidad precipitó males peores. Es lastima que después de tantos muertos Don Juan Gualberto Gómez haya tenido la debilidad de estampar su firma en un manifiesto que los negros acobardados desde la Habana lanzaron a la opinión publica condenando no a los asesinos, sino a los asesinados.
El gran error de Evaristo Estenoz y sus seguidores estuvo en no saber esperar. Hubieran continuado la propaganda por todos los medios a su alcance y s cierto es que de momento el Partido habría perdido mucho material humano por la traba legal, no es menos cierto que el papel de victima podía haber sido inteligentemente capitalizado frente a una clase dominante que efectivamente maltrataba y aún maltrata a los hombres de color, y frente a un grupito diseco de negros “ilustres” situados a una distancia astronómica de la masa.
Un hombre como Evaristo Estenoz podía haberle cambiado el nombre al Partido y esperar unos años más. Entonces habría surgido la organización con un ímpetu fanático y arrollador. No hacia falta pedir la derogación de la perturbadora “Ley Morúa”, sólo había que no observarla, burlarse de ella. Para hacer resaltar con vivos caracteres toda la culpa y toda la malicia de Martín Morúa Delgado, recordemos que desde que surgió la República han existido partidos políticos de blancos, si por ellos entendemos aquellos en que la dirección, los candidatos y las altas posiciones están en poder de esa raza. Esa era la característica de los tradicionales partidos aquellos Liberal y Conservador, salvo alguno que otro señuelo, criado de la clase dominante, que ésta usaba por razones decorativas para atraer al negro masa. No se vaya a alegar que entre los afiliados de esos partidos existían muchos negros; también los Independientes de Color hubieran aceptado cuanto afiliado blanco se hubiera presentado, pues en nada modificaba esto el carácter fuertemente clasista del Partido. También Estenoz intentó usar algún señuelo blanco en la dirección, pero nada de esto es sustantivo o esencial: el partido siguió siendo la agrupación política de los hombres de color. Morúa no criticó la blancura de los partidos existentes entonces, todos los cuales, al igual que ahora, blancos eran, y menos intentó presentar ninguna ley contra tal carácter de los mismos, sino que se aprovechó de ellos y les sacó cuanto beneficio pudo. Sólo Morúa se preocupa, se exaspera y pierde el sueño cuando los oprimidos, siguiendo el ejemplo de los opresores, tratan de organizarse políticamente. Es entonces que Morúa fabrica una ley, pronuncia discursos, mueve cuantos recursos tiene a su alcance par estrangular el pacifico intento del negro a la felicidad.
Nadie que desee juzgar con seriedad e imparcialidad la desgraciada actuación de Morúa en aquel episodio histórico, se le ocurrirá alegar que los partidos de los blancos no tenían en el titulo ninguna palabra alusiva a la cuestión racial, pues cuando de la suerte de toda una raza se trata no podemos andar con expedientes ni con superficialidades, lo que importa es el hecho, el contenido de las cosas, y no la apariencia intrascendente o la mera forma. En este caso el tristemente famoso apéndice a la Ley Electoral, podía haber contenido una cláusula aclarativa o de excepción en la que si el Partido Independiente de Color cambiaba de nombre, podría concurrir en tal caso a las próximas elecciones. Hay que desengañarse que el interés de Morúa no se limitaba al nombre, sino al contenido: No quería que existiera un partido de negros, pero sin embargo veía como cosa natural que existieran partidos de blancos.
La clase dominante usa los negros “mansos”, los que jamás van contra sus injusticias como atractivo electoral, mientras están vivos, y como sedativo histórico después de muertos. Entonces exageran sus meritos, exhiben su fotografía, convierten en acontecimiento sus aniversarios, para hacerle creer al que sufre que hay justicia en esta sociedad prejuiciosa y que el que tenga merecimientos sea cual fuere su raza será recompensado
¡¡¡Mentira!!! Esta ridícula creencia es la que convierte a muchos negros en individualistas: buscadores aislados de felicidad, tan ingenuos y tan trágicos como aquellos pobres cimarrones que creían que marchando siempre hacia el Este encontrarían a su tierra africana liberándose de sus desdichas.
Para José Antonio Aponte o para Evaristo Estenoz no hay centenario ni palabras rimbombantes ni epítetos sonoros… para ellos primero la muerte y después la excomunión. Cometieron el mortificante pecado de defender los derechos de su gente, que es una manera de ir contra los intereses y privilegios de sus explotadores, y esto no puede perdonárseles. Hay que falsear la historia y desfigurar a esos “monstruos” para que las generaciones venideras no se inspiren en ellos, sino que los aborrezcan y los abominen; sacando a la vez del arsenal de los traidores alguna figurilla con que sustituir a los mártires verdaderos.
Nosotros, los hombres de la O.N.R.E[3]., conscientes de la historia, estamos en nuestros puestos y cumplimos con nuestro deber, como el mejor homenaje que puede rendírsele a los que por nosotros murieron.

BASES PROGRAMÁTICAS DEL PARTIDO INDEPENDIENTE DE COLOR


El Partido Independiente de Color se constituye en todo el territorio de la República con el carácter nacional para mantener el equilibrio de todos los intereses cubanos, difundir el amor a la patria, desarrollar las relaciones cordiales, e interesar a todos a la conservación de la nacionalidad cubana, haciendo participar por igual en la administración publica a todos los nacidos en esta tierra.
La república igualitaria, soberna e independiente, sin preocupaciones de raza ni antagonismos sociales, será nuestra divisa.
Propenderemos a que figuren, en el Cuerpo Diplomático, todos los cubanos que sean dignos de estar en él, y que como asunto preferente y de urgente necesidad se nombren ciudadanos de la raza de color, para que la República esté representada cual ella es.
Somos partidarios de los Juicios por Jurados en todos los actos de justicia que tengan lugar en la República, siendo obligatorio y gratuito el cargo de Jurado.
Abogaremos por la abolición de la pena de muerte y por la creación de penitenciarías que respondan a las necesidades de la civilización moderna.
La creación de la justicia moderna en nuestros Código y Tribunales será cuestión de toda nuestra actividad, pues no será posible vivir en consonancia con el progreso sin que la Justicia sea de hecho y de derecho.
La creación de Barcos-Escuelas de carácter correccional para los jóvenes que con arreglo a la ley no puedan sufrir condena mayor.
La enseñanza gratuita y obligatoria, y comprendidas en ellas las Artes y Oficios.
La instrucción Universitaria ofrecida a todos gratuitamente, siendo oficial y nacional.
La reglamentación de la enseñanza privada y oficial, debiendo estar al cuidado del Estado para que resulte uniforme la educación de todos los cubanos.
Creación de las escuelas Naval y Militar.
La admisión franca y leal en el servicio militar, en el administrativo, gubernativo y judicial de la raza etiópica, para que así estén representadas todas las razas en el servicio del Estado.
La inmigración debe ser libre para todas las razas, sin hacer preferencia de ninguna. La libre entrada para todos los individuos que, dentro de las prescripciones sanitarias, vengan de buena fe a contribuir al fomento y desarrollo de la riqueza pública.
La repatriación por cuenta del Estado, de todos los cubanos que de extranjeras playas quisieren retornar al suelo natal y carecieren de los recursos necesarios.
La creación de una ley que garantice el servicio de las empresas públicas domiciliadas en Cuba o en el extranjero; la admisión de empleados cubanos, con preferencias a los extranjeros, hasta tanto no sean nacionalizados los servicios públicos, evitando que las nuevas empresas que se establezcan en Cuba puedan ser domiciliadas en otro país.
Laboraremos para que en todo el territorio e la República sean ocho horas las que se entiendan por día laborable.
Creación de un Tribunal de Trabajo que regule las diferencias que surjan entre el capital y el trabajo.
Promulgación de una ley prohibitiva de inmigrantes menores de edad, y de las mujeres, a excepción de las que vengan en familia.
La distribución en colonias de los terrenos del Estado, o de los que adquiera para el efecto entre los cubanos nativos que carezcan de recursos y quieran dedicarse a las faenas agrícolas, prefiriendo siempre a los que no tengan aptitudes para el desempeño de destinos públicos.
Como cuestión moral, gestionaremos la revisión y fiscalización de todos los expedientes posesorios hechos efectivos que durante la primera intervención americana a la fecha se han concedido.
Aprobado y firmado por todos los miembros que pertenecen al Partido y por todos los que se inscriban.















































































































































[1]Nótese que a más de cincuenta años de escrito este documento, su vigencia en materia de oportunidades reales para el negro en lo que menciona Juan René Betancourt, no podía tener mayor acierto que lo que sucede con el afro-cubano en la Cuba de este minuto.
[2] Cuando se escribió este libro, aún la Federación Nacional de Sociedades Negras estaba en poder de Mujal y Campos Marquetti.























EVARISTO ESTENOZ: SU DOCTRINA
(con referencia a Martín Morúa Delgado)
POR: JUAN RENÉ BETANCOURT
TEMA # 6


Por fin le llega el turno al otro gran líder de los negros, héroe y mártir de su causa, el general de la guerra Evaristo Estenoz. La historia registra muchos casos de ingratitud, de incomprensión de un gran hombre por sus coetáneos, pero siempre, como por irrefrenable dialéctica, también señala la reivindicación del genio, como si un escozor instara y compeliera al mundo de hoy a reparar las injusticias y lagunas de los mundos que previamente han sido. Pero no sucede igual cuando el gran hombre aplico su genio a la redención de un pueblo o de una raza que en el momento de escribir la historia continúan vencidos. Los vencedores darán una versión arbitraria y parcial de los hechos y de quienes lo dirigieron, y esa versión llegar a hacer fortuna también entre el hombre medio de los vencidos; que conforme de conservar la vida ignora que sólo ♪0sta vale cuando se aplica a algo digno y grande, pero a él no le interesa nada de esto: quiere guardarse la vida aunque sea al alto precio de la indignidad, y al igual que el ganado bovino cuando sacrifican a un ejemplar en el campo, se acerca al lugar, percibe el olor a sangre hermana y huye despavorido mugiendo con indescriptible espanto, así las generaciones vencidas niegan y excomulgan cobardemente a su líder, a su mártir, al que murió luchando por sus derechos y por su felicidad. Y así ha sucedido con el general de la guerra Evaristo Estenoz.

Como todas las grandes doctrinas, la de él parte de un hecho simple. Observa con disgusto que los negros con sus votos en el proceso electoral podrían ganar altas magistraturas e importantes posiciones, y que sin embargo a la hora del reparto sólo les daban los puestos de ugieres, barrenderos, policías, etc., y entonces, consciente de la base económica de la discriminación racial, piensa que a través de los altos cargos de la Administración Publica el negro puede levantar su nivel económico. Sabiendo que el negro representaba la tercera parte de los votantes, intuye que haciéndolos concurrir organizados, formando su propio partido y por lo mismo una nueva fuerza, obtendrían justamente cuanto cívica y políticamente se merecían, y así concibe y funda, con estos fines, el Partido Independiente de Color.
Esto lo sitúa en un plano clasista definido y radical, con pleno conocimiento de la historia y de la sociedad, en ninguna de las cuales nada que no sea una fuerza se hace oír y ningún otro medio que no sea el de la presión o compulsión pue4de modificar o variar el status quo. Y este mismo fue el plano en que se situó José Antonio Aponte y el propio en que quiso situarse de todo corazón Don Juan Gualberto Gómez.
En los tiempos en que vivió Estenoz, lo mismo que en estos ,, existía entre los negros el pugilato por el liderazgo, más para obtener bondades de la clase dominante que para conducir a la raza, y por lo mismo existían grandes envidias y odios. Los presuntos líderes no libraban la batalla contra los explotadores tratando de obtener beneficio para su gente, sino entre ellos mismos, tratando de eliminarse recíprocamente.
Evaristo Estenoz no perdió el tiempo combatiendo a los presuntos líderes, sino que fue al grano, con su propia doctrina, defendiendo con e4nergia y tesón inquebrantables. Enfrenta el Partido la primera prueba electoral, todavía su fundación es muy reciente y nada extraordinario sucede. Pero Estnoz es un estudiante de los hechos y en ellos aprende valiosas enseñanzas. La propaganda se intensifica, el periódico “Patria” desempeña admirable papel y ya el partido es una emoción y una esperanza para los negros de Oriente a Occidente Ya nadie duda de que saldrá airoso en las próximas elecciones. Por fin el negro, con su esfuerzo y dentro de las normas legales del país va a constituir una fuerza que le permita alcanzar la felicidad. Y es entonces que se levantan, no los blancos, que más bien reconocieron en un principio la justicia que asistía a Estenoz y a sus seguidores, sino los envidiosos, los que aparentando ser líderes de los negros se aprovechan en el confusionismo para escalar altas posiciones, y ahora Estenoz, haciendo lo que ellos ni siquiera habían intentado hacer: un movimiento clasista de masas, no cabe duda que los destronaba en el presente y los empequeñecía ante la historia. Por ello se apresuraron a asestarle el golpe, a destruir a tan peligroso rival.
Martín Morúa Delgado fue el líder de esta miserable contraofensiva o contra-revolución. En materia negra sólo se sabe de él que era un impugnador incansable de todo lo que fuera organización clasista. Parece que daba como solución a la triste situación del negro: el amor a Cuba, la superación cívica del pueblo o alguna otra trivialidad por el estilo. Pero él no se conformaba con no hacer, sino que trataba de evitar por todos los medios que los demás hicieran. Él no era demócrata en cuanto a doctrina y táctica negras, sino absolutamente totalitario. No estaba de acuerdo en sustentar un criterio y respetar el de los demás, esperando que la vida y la experiencia, que son quienes tienen en última instancia la razón, pusieran las cosas en su lugar, sino que agredía, atacaba, destruía, nada lo detenía cuando se trataba de una opinión en esta materia que no fuera la suya o de un líder de los negros que no fuera el propio Morúa; ni siquiera a Don Juan Gualberto Gómez le perdono tal carácter, y así llegamos a la más grande hazaña de Don Martín Morúa Delgado en materia negra: Su famoso Apéndice a la Ley Electoral, en el cual se prohibía expresamente la existencia de partidos políticos denominados con el sello de raza. Tan altos cargos que ocupo durante toda su vida el señor Martín Morúa Delgado y nunca se había molestado ni apasionado tanto en la confección y aprobación de una ley contra los discriminadores, contra los que hambreaban al negro cerrándole las puertas de todos los puestos lucrativos[1], como hacía ahora con esta antipática ley, que le ponía un valladar legal a las más justas y urgentes aspiraciones del hombre de color. No tiene justificación alguna en que Morúa haya usado su influencia y su cargo para cerrarle el camino de la legalidad a una lucha de su propia gente. El hecho de que no le hubiera gustado a él tal tipo de solución no lo autorizaba más que para no participar en el mismo, hasta para salvar su responsabilidad histórica haciendo sendas y sesudas declaraciones publicas contra el proyecto, pero el uso de la fuerza, la imposición de su propio criterio, evitar toda posibilidad de éxito con tan irritante leguleyismo, constituye el más grande, a la vez que el más vergonzoso pecado de Morúa.

Tal actitud pone en precario su condición de líder y autoridad entre los negros, pues si de veras poseía tales títulos, debió de haber bastado su impugnación para que nadie hubiera ido a formar filas con Estenoz, y en este caso, ¿para qué podía hacer falta una ley si en realidad el Partido Independiente de Color no podría pasar de una pretensión que ni siquiera alcanzaría el factor necesario para inscribirse electoralmente? Pero parece que Morúa no influía mucho en la masa, (las altas posiciones pueden ser producto de “tickets y maniobras politiqueras,”) y a pesar de su impugnación la gente siguió a Estenoz, por lo que Don Martín se vio obligado a usar todas las fuerzas a su alcance, toda la coacción de que disponía para no permitirle la gloria del triunfo a su poderoso rival. Morúa actuó de mala fe en el caso de Estenoz. Se dejó arrastrar lamentablemente por el sentimiento de rivalidad y por la más innoble pasión.
Para darnos cuenta de esto debemos de saber que la oposición de Morúa dejaba fuera de la ley al Partido Independiente de Color sin darle oportunidad de atemperarse a la exigencia legal, pues Estenoz y sus amigos hubieran podido cambiarle el nombre al partido, salvando así el obstáculo leguleyesco, pero esto no era posible, pues para poder concurrir a las elecciones próximas el partido necesitaba, por imperativo de la propia ley, haber concurrido a las elecciones inmediatas anteriores, de modo que para los efectos electorales, si se le cambiaba el nombre se convertiría en algo nuevo y como tal no podría concurrir a las elecciones. Todo estaba previsto y hecho con malicia inaudita. Pasar unas elecciones en la inactividad y esperar cuatro años para concurrir a otra, no es nada estimulante ni provechoso para un partido novel, hecho sin dinero y a duras penas. Y esto lo sabía Morúa, y debe de haberse frotado las manos satisfecho de su obra. Por eso se desesperaron Estenoz y sus amigos, por eso el Partido perdió la paciencia: era muy grande el atropello, demasiado mortificante la traición.

Cuando se estudian las distintas sesiones de ambas cámaras en las que se trató el problema, concurrimos al acontecimiento de mayor rebajamiento e indignidad de la raza. Empecemos por decir que ni una sola voz blanca se levantó contra el Partido Independiente, sino que por el contrario, los que hablan lo hacen a favor, para reconocer la justicia que asistía a Estenoz y a sus seguidores.
Los impugnadores eran los propios negros congresistas que habían, entre los cuales se destacaba el general Generoso Campos Marquetti,[2] actual “Presidente” de la Federación de Sociedades Negras de Cuba. Esto se explica. A los blancos no les afectaba que Evaristo Estenoz se convirtiera en un verdadero líder de los negros, pues si hasta el momento habían venido tratando con “lideres” sin masa ni doctrina y haciéndole concesiones, ¿ qué más les daba negociar con el líder verdadero? Los opuestos eran los que se veían destronados por aquel hombre extraordinario, los que estaban medrando en la Cámara o en Senado. Pero ellos, que en definitiva eran negros, amparados en el prestigio indiscutible de Morúa, les pedían a sus colegas blancos la aprobación de semejante ley, y éstos los complacían, aunque tuvieran luego que lavarse las manos al estilo de Poncio Pilatos. Y la ley fue votada, y el partido ilegalizado, y la historia del negro retrasada en cien años `por culpa de las ambiciones de Morúa.
Ahora el caos…el desastre. Cerradas todas las puertas de la legalidad, acosados cívica y políticamente los hombres del Partido Independiente de Color, recurrieron a lo que se llamaba entonces la protesta armada. No se trataba de una guerra, ni de un alzamiento, sino de algo simbólico e inocuo desde el punto de vista militar. Distintos intereses concurrieron ante el hecho para hacerlo culminar en drama. José Miguel Gómez ocupaba a la sazón la presidencia de la republica e intentaba ir a la reelección, y sus adversarios , desde luego, querían hacerlo fracasar, por lo que encontraron una buena oportunidad de impopularizarlo obligándolo a hacer una gran matanza de negros. Empezaron pues a acusarlo de flojo, de incapaz, de no actuar con la debida energía en el “alzamiento” de los negros. Los antinegristas por su parte, les echaron manos al único argumento que conocen: Gritar a los cuatro vientos que los negros estaban violando a las mujeres blancas en Oriente. Los propios adversarios políticos de José Miguel Gómez, valiéndose de sus influencias en los Estados Unidos, consiguieron que la Cancillería de ese país mandara una nota conminatoria al gobierno de Cuba, mientras que la prensa criolla, con tanto sensacionalismo como irresponsabilidad, daba sendas y “ tremendas” noticias acerca del canibalismo de los negros alzados, del espíritu incendiario de los mismos y de su patológica sed de hembras blancas, siendo esto ultimo, según los partes, el único motivo y fin de aquella “revolución”.Entonces el indeciso José Miguel Gómez cede y el antinegrista Orestes Ferrara, a la sazón Presidente de la Cámara de Representantes presiona, y se vota una ley que autorizaba al tristemente Jefe del Ejercito entonces, General Monteagudo, a hacer y a deshacer.
Al igual que los vientos del sur recrudecen ene. loco su dolencia produciéndole verdaderos accesos o furias, toda esa malsana propaganda y todo ese aspaviento legislativo sacó de su estado latente el odio que contra los negros tienen en su corazón los discriminadores, y se organizaron milicias de voluntarios para ir a matar negros, dándosele comienzo así a la más bochornosa pagina de nuestra historia. Para comprender que Evaristo Estenoz no se alzó, basta pensar que él era un general de la guerra y que la mayor parte de sus acompañantes eran veteranos de la independencia. Si ellos en realidad se hubieran alzado, podían haber perdido la guerra, pero debieron de haber ganado alguna batalla, o por lo menos causarle algunas bajas al enemigo en los distintos encuentros. Pero nada de esto sucedió. Según los partes del General Monteagudo el ejercito no sufrió ni una sola baja, sin embargo eran tantas las gentes que mataban, que aún este sanguinario General se veía obligado a declarar: “esto ha sido una verdadera carnicería…por nuestra parte sin novedad”.Y todos los partes expresan lo mismo, lo que demuestra que aquello fue una matanza a mansalva de gentes desarmada e indefensas. Y no se detuvo allí la ola salvaje del anti-negrismo criollo, sino que llegó a los crímenes más espantosos: en las provincias orientales se mató mucha gente ajena totalmente al Partido Independiente de Color, por el único delito de ser negras, y a muchas mujeres de esta raza en estado de gestación se les abrió el vientre para evitar que naciera un negro más, y luego se les amacheteó con repugnante saña. Es bueno preguntarnos ahora si el señor Martín Morúa Delgado, responsable directo de todo esto, evitó algún mal con su antipática ley o si en realidad precipitó males peores. Es lastima que después de tantos muertos Don Juan Gualberto Gómez haya tenido la debilidad de estampar su firma en un manifiesto que los negros acobardados desde la Habana lanzaron a la opinión publica condenando no a los asesinos, sino a los asesinados.
El gran error de Evaristo Estenoz y sus seguidores estuvo en no saber esperar. Hubieran continuado la propaganda por todos los medios a su alcance y s cierto es que de momento el Partido habría perdido mucho material humano por la traba legal, no es menos cierto que el papel de victima podía haber sido inteligentemente capitalizado frente a una clase dominante que efectivamente maltrataba y aún maltrata a los hombres de color, y frente a un grupito diseco de negros “ilustres” situados a una distancia astronómica de la masa.
Un hombre como Evaristo Estenoz podía haberle cambiado el nombre al Partido y esperar unos años más. Entonces habría surgido la organización con un ímpetu fanático y arrollador. No hacia falta pedir la derogación de la perturbadora “Ley Morúa”, sólo había que no observarla, burlarse de ella. Para hacer resaltar con vivos caracteres toda la culpa y toda la malicia de Martín Morúa Delgado, recordemos que desde que surgió la República han existido partidos políticos de blancos, si por ellos entendemos aquellos en que la dirección, los candidatos y las altas posiciones están en poder de esa raza. Esa era la característica de los tradicionales partidos aquellos Liberal y Conservador, salvo alguno que otro señuelo, criado de la clase dominante, que ésta usaba por razones decorativas para atraer al negro masa. No se vaya a alegar que entre los afiliados de esos partidos existían muchos negros; también los Independientes de Color hubieran aceptado cuanto afiliado blanco se hubiera presentado, pues en nada modificaba esto el carácter fuertemente clasista del Partido. También Estenoz intentó usar algún señuelo blanco en la dirección, pero nada de esto es sustantivo o esencial: el partido siguió siendo la agrupación política de los hombres de color. Morúa no criticó la blancura de los partidos existentes entonces, todos los cuales, al igual que ahora, blancos eran, y menos intentó presentar ninguna ley contra tal carácter de los mismos, sino que se aprovechó de ellos y les sacó cuanto beneficio pudo. Sólo Morúa se preocupa, se exaspera y pierde el sueño cuando los oprimidos, siguiendo el ejemplo de los opresores, tratan de organizarse políticamente. Es entonces que Morúa fabrica una ley, pronuncia discursos, mueve cuantos recursos tiene a su alcance par estrangular el pacifico intento del negro a la felicidad.
Nadie que desee juzgar con seriedad e imparcialidad la desgraciada actuación de Morúa en aquel episodio histórico, se le ocurrirá alegar que los partidos de los blancos no tenían en el titulo ninguna palabra alusiva a la cuestión racial, pues cuando de la suerte de toda una raza se trata no podemos andar con expedientes ni con superficialidades, lo que importa es el hecho, el contenido de las cosas, y no la apariencia intrascendente o la mera forma. En este caso el tristemente famoso apéndice a la Ley Electoral, podía haber contenido una cláusula aclarativa o de excepción en la que si el Partido Independiente de Color cambiaba de nombre, podría concurrir en tal caso a las próximas elecciones. Hay que desengañarse que el interés de Morúa no se limitaba al nombre, sino al contenido: No quería que existiera un partido de negros, pero sin embargo veía como cosa natural que existieran partidos de blancos.
La clase dominante usa los negros “mansos”, los que jamás van contra sus injusticias como atractivo electoral, mientras están vivos, y como sedativo histórico después de muertos. Entonces exageran sus meritos, exhiben su fotografía, convierten en acontecimiento sus aniversarios, para hacerle creer al que sufre que hay justicia en esta sociedad prejuiciosa y que el que tenga merecimientos sea cual fuere su raza será recompensado
¡¡¡Mentira!!! Esta ridícula creencia es la que convierte a muchos negros en individualistas: buscadores aislados de felicidad, tan ingenuos y tan trágicos como aquellos pobres cimarrones que creían que marchando siempre hacia el Este encontrarían a su tierra africana liberándose de sus desdichas.
Para José Antonio Aponte o para Evaristo Estenoz no hay centenario ni palabras rimbombantes ni epítetos sonoros… para ellos primero la muerte y después la excomunión. Cometieron el mortificante pecado de defender los derechos de su gente, que es una manera de ir contra los intereses y privilegios de sus explotadores, y esto no puede perdonárseles. Hay que falsear la historia y desfigurar a esos “monstruos” para que las generaciones venideras no se inspiren en ellos, sino que los aborrezcan y los abominen; sacando a la vez del arsenal de los traidores alguna figurilla con que sustituir a los mártires verdaderos.
Nosotros, los hombres de la O.N.R.E[3]., conscientes de la historia, estamos en nuestros puestos y cumplimos con nuestro deber, como el mejor homenaje que puede rendírsele a los que por nosotros murieron.

BASES PROGRAMÁTICAS DEL PARTIDO INDEPENDIENTE DE COLOR


El Partido Independiente de Color se constituye en todo el territorio de la República con el carácter nacional para mantener el equilibrio de todos los intereses cubanos, difundir el amor a la patria, desarrollar las relaciones cordiales, e interesar a todos a la conservación de la nacionalidad cubana, haciendo participar por igual en la administración publica a todos los nacidos en esta tierra.
La república igualitaria, soberna e independiente, sin preocupaciones de raza ni antagonismos sociales, será nuestra divisa.
Propenderemos a que figuren, en el Cuerpo Diplomático, todos los cubanos que sean dignos de estar en él, y que como asunto preferente y de urgente necesidad se nombren ciudadanos de la raza de color, para que la República esté representada cual ella es.
Somos partidarios de los Juicios por Jurados en todos los actos de justicia que tengan lugar en la República, siendo obligatorio y gratuito el cargo de Jurado.
Abogaremos por la abolición de la pena de muerte y por la creación de penitenciarías que respondan a las necesidades de la civilización moderna.
La creación de la justicia moderna en nuestros Código y Tribunales será cuestión de toda nuestra actividad, pues no será posible vivir en consonancia con el progreso sin que la Justicia sea de hecho y de derecho.
La creación de Barcos-Escuelas de carácter correccional para los jóvenes que con arreglo a la ley no puedan sufrir condena mayor.
La enseñanza gratuita y obligatoria, y comprendidas en ellas las Artes y Oficios.
La instrucción Universitaria ofrecida a todos gratuitamente, siendo oficial y nacional.
La reglamentación de la enseñanza privada y oficial, debiendo estar al cuidado del Estado para que resulte uniforme la educación de todos los cubanos.
Creación de las escuelas Naval y Militar.
La admisión franca y leal en el servicio militar, en el administrativo, gubernativo y judicial de la raza etiópica, para que así estén representadas todas las razas en el servicio del Estado.
La inmigración debe ser libre para todas las razas, sin hacer preferencia de ninguna. La libre entrada para todos los individuos que, dentro de las prescripciones sanitarias, vengan de buena fe a contribuir al fomento y desarrollo de la riqueza pública.
La repatriación por cuenta del Estado, de todos los cubanos que de extranjeras playas quisieren retornar al suelo natal y carecieren de los recursos necesarios.
La creación de una ley que garantice el servicio de las empresas públicas domiciliadas en Cuba o en el extranjero; la admisión de empleados cubanos, con preferencias a los extranjeros, hasta tanto no sean nacionalizados los servicios públicos, evitando que las nuevas empresas que se establezcan en Cuba puedan ser domiciliadas en otro país.
Laboraremos para que en todo el territorio e la República sean ocho horas las que se entiendan por día laborable.
Creación de un Tribunal de Trabajo que regule las diferencias que surjan entre el capital y el trabajo.
Promulgación de una ley prohibitiva de inmigrantes menores de edad, y de las mujeres, a excepción de las que vengan en familia.
La distribución en colonias de los terrenos del Estado, o de los que adquiera para el efecto entre los cubanos nativos que carezcan de recursos y quieran dedicarse a las faenas agrícolas, prefiriendo siempre a los que no tengan aptitudes para el desempeño de destinos públicos.
Como cuestión moral, gestionaremos la revisión y fiscalización de todos los expedientes posesorios hechos efectivos que durante la primera intervención americana a la fecha se han concedido.
Aprobado y firmado por todos los miembros que pertenecen al Partido y por todos los que se inscriban.







































[4]






































































































[1]Nótese que a más de cincuenta años de escrito este documento, su vigencia en materia de oportunidades reales para el negro en lo que menciona Juan René Betancourt, no podía tener mayor acierto que lo que sucede con el afro-cubano en la Cuba de este minuto.
[2] Cuando se escribió este libro, aún la Federación Nacional de Sociedades Negras estaba en poder de Mujal y Campos Marquetti.





















[3] Organización Nacional de Rehabilitación Económica.