miércoles, 7 de julio de 2010

Silvio y sus dones

Por Manuel Aguirre Lavarrere
( Mackandal)
Ante la avalancha de críticas y condenas que de forma internacional desmienten al régimen de la habana, éste decide jugar una de sus más preferidas y privilegiadas cartas. Lo hace desde la cultura, ¿el elegido? Silvio Rodríguez, famoso cantautor cubano de fama internacional y con mucho dinero, por cierto muy bien ganado a fuerza de talento y perseverancia. Nadie lo duda ni seriamos honestos en apuntar lo contrario. Pero desde una posición acomodaticia y con la barriga llena, pide ahora, entre canción y canción, el autor de la emblemática canción Unicornio, la solidaridad del público para con cinco cubanos al parecer secuestrados por la CIA y acusados de espionaje, con lo que se vino abajo un avispero completo. Pero entre tantos pedidos y canciones, el cantautor cubano no fue justo. Debió ampliar el diapasón y pedir también la liberación de Ana Belén Montes*, norteamericana de origen puertorriqueño y analista del Departamento de Inteligencia de Defensa de Estados Unidos arrestada por el FBI y condenada a veinticinco años de prisión por- según los desclasificados y periódicos- poner en peligro de zafarrancho de combate la seguridad de su país, que privilegiada por el alto cargo que ocupaba en el Pentágono se dio a la tarea de espiar para Cuba. El juez Ricardo M. Urbina, de origen puertorriqueño igual que la acusada y del tribunal de distrito de Columbia, luego de escuchar la confesión de culpabilidad de la acusada y quien la condenó, dijo al dictar sentencia: “Hoy es un día muy triste para usted, para su familia y sus seres queridos y para cada norteamericano que sufre la traición a su nación. Si usted no podía amar a su país, debía al menos no causarle daño” Pero de ella nada se habla de Cuba para adentro ni el trovador cubano pide su excarcelación. Todo se oculta. Pero el mundo, a pesar de tantos ingenuos y lampiños mentales que posee, no es ciego ni se puede drogar todo el tiempo a las personas con el papel de inocente. Es altamente dudoso que durante cincuenta años Cuba siempre sea la víctima de los enfrentamientos con el vecino país del norte. Nada; la gatica maría ramos que tira la piedra y esconde la mano. Pero esta vez fue una mano muy larga y con muchos tentáculos para que ojo alguno no la divisara. En Nueva York, mientras el trovador cantaba tratando de sensibilizar al público con su objetivo, por supuesto muy bien diseñado, manos de dioses levantaban frente a él la foto de Orlando Zapata Tamayo, muerto recientemente tras una prolongada huelga de hambre a favor de sus derechos y luego de recibir varias palizas en prisión por su posición contestataria.
Es lamentable. Silvio Rodríguez, que tanto y tan duramente ha criticado a las distintas administraciones norteamericanas, fue una de las más ardorosas figuras que firmaron la carta para llevar al pelotón de fusilamiento a tres jóvenes de raza negra en el 2003 cuyo único y mayor delito fue el de querer vivir en liberad.
Pero en este mismo momento, en el que el elegido del régimen cubano regresa a la patria con aire triunfalista y sobrados dones, dólares y con la conciencia tinta en sangre después de su gira por distintas ciudades de Estados Unidos, el dolor de un pueblo por sus necesidades, de madres y esposas y de hijos que tienen a sus padres presos por el apego a la verdad, tan bien otros artistas cubanos residentes en ese país han pedido permiso para venir a cantar a Cuba sin que hasta el momento ninguno lo haya logrado. ¿O acaso Villy Chirino, Albita Rodríguez, o la ya fallecida Celia Cruz no lo solicitaron antes? Estoy seguro que de poder venir a Cuba, estos artistas cubanos harían otro tanto a favor de la verdad, y no dudo ni un momento que pedirían la libertad de las varias decenas de periodistas independientes encarcelados en la primavera negra del 2oo3 ni olvidarían pedir por aperturas democráticas y elecciones libres y transparentes donde tenga cabida toda la población cubana.

*Los Ángeles Times, 17 de octubre de 2002
*El Nuevo Herald, 29 de septiembre de 2001
*Agence France Presse, 4 de octubre 2001