lunes, 7 de diciembre de 2015

Metamorfosis de un proceso,


Manuel Aguirre Labarrere
(Mackandal)
Los principios con los cuales se fundó la nación cubana quedaron totalmente abolidos con la llegada al poder de Fidel Castro. Le fue imposible gobernar y mantener su régimen totalitario bajo premisas tan democráticas y con una de las mejores constituciones del mundo, que si bien muchos de sus postulados no fueron cumplidos, este era el marco propicio para hacerlos cumplir.
A pesar de haber contado con una abrumadora mayoría de simpatizantes, muchos que no habían participado en el derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista quedaron con un sentimiento de culpa que quisieron sanar más tarde uniéndose al proceso castrista sin saber aun de que iba la cosa.
Fueron traicionados los sueños y quemados a fuego lento nuestros próceres en aquellos primeros años del castrismo, cuando el triunfante líder Fidel Castro, pronunció aquella frase con pespuntes hegemónicos y a todas luces totalitarias de, “elecciones para qué”. Entonces, se desmontaron símbolos y a mandarria limpia se destruyeron instituciones únicas de su tipo como el teatro Vicente Mora de Guanajay. Este sufrió la metamorfosis de centro de esparcimiento cultural a almacén de papas. Hoy pasada ya la fiebre salvaje del comunismo real, se trata de restaurarlo, sin resultados concretos.
No se tuvo en cuenta los principios por los que se luchó y se dio al traste con el batistato. El pensamiento y los conceptos de patria de José Martí fueron olvidados, aunque mucho se vociferó en su nombre cuando la atrasadísima Constitución de 1976 entró en vigor.
El Apóstol fue burlado en sus principios y traicionado por el régimen castrista. Su concepto de que siempre es desgracia para la libertad que la libertad sea un partido, más que advertir del peligro, cristalizó en la mente ambivalente del pensamiento castrista, que siguió la traición a sus conceptos en la plasmación de una constitución anti-martiana y anti-popular que no respetó para nada, aquello de que una Constitución es una ley viva y práctica que no puede construirse con elementos ideológicos. Frase dicha por Martí en elogio sincero a la Constitución de los Estados Unidos, país para el cual también tuvo grandes elogios, aunque haya discrepado con algunas de las figuras políticas de su tiempo.
Con la llegada al poder de Fidel Castro no solo se traicionaron principios de nuestros próceres. Se traicionó como nunca a los ideales y sueños de un pueblo que cansado de tanta injusticia de regímenes anteriores, no creyó nunca que le tocaría más de lo mismo, con sobredosis de inquietud y traición al bienestar y salud de sus derechos. Pudo más la ambición y ansias de poder, que la cordura y la buena voluntad.
La revolución verde como las palmas sufrió el síndrome del vitiligo al convertirse en un melón cuyas tonalidades van del verde por fuera al rojo por dentro. Tal fue siempre el deseo del alto mando de la revolución para andar a sus anchas y no respetar nada que no fuera la reiteración de patrones políticos del castrismo, algo fatal e irremediable a corto plazo.
Pero la traición ha tenido seguidores rapaces y acólitos condicionados, que ven en sí mismos la imagen del pueblo. Lo que decide el grupúsculo de poder es la razón de ser de la nación. No hay oportunidad para enfrentamientos civilizados y negativas inteligentes. Ellos son los que dictan y ordenan. No se respeta el sagrado derecho a una oposición legalizada, ni se admiten alternativas políticas como la creación de otros partidos. No se da oportunidad a los disidentes de organizarse en paz y sin miedo a golpizas propinadas por grupúsculos autorizados por el régimen y su policía. Llevan adelante la doctrina de Perón, de que, “al enemigo, ni justicia”. Al pueblo solo le toca acatar y obedecer, aunque no sea lo que apetezca. Así se traiciona a la Patria.
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Teatro Vicente Mora, Guanajay