lunes, 1 de febrero de 2016

Desigualdad y exclusión social


Manuel Aguirre Labarrere
(Mackandal)
En el año 1976 fue que las políticas culturales y educativas en Cuba tomaron cuerpo en la Constitución y se definió la nación como un estado pluriétnico y multicultural. Desde entonces, la antropología en sus distintas ramificaciones, tales como la etnología, lo social o cultural, y los comunicadores sociales, artistas, promotores culturales, psicólogos de prestigio como la Dra., Patricia Ares, periodistas de aguda visón como José Alejando Rodríguez, sociólogos, y funcionarios han puesto a consideración del Estado sus conocimientos y sus experiencias de gestión al servicio del deseo colectivo dentro de la multietnicidad y cultura cubana. Muchos han señalado la brecha de desigualdad, tanto en el ámbito laboral como económico y educativo, donde son los afrodescendientes los más desfavorecidos desde todo punto de vista.
.Este fenómeno, ya visualizado en el Parlamento, sin que hasta el momento se hayan implementado las acciones afirmativas necesarias para la eliminación o disminución de las manifestaciones racistas, pone en evidencia el alto nivel de prejuicio presente en muchos de los parlamentarios cubanos, sean civiles o militares. En ellos la idea de que el negro debe conformarse con lo que le den sin derecho al reclamo, es algo acuñado desde la colonia y que se recicla hoy con mayor o menor grado de efectividad.
Desde las dos últimas décadas del siglo pasado, los temas relacionados con la identidad, la memoria histórica, la cultura o la etnicidad han adquirido relevancia como nunca antes en la historia de Cuba, puesto que dichos habían sido desdeñados particularmente por las ciencias políticas y por la ideología socialista.
La dimensión cultural o étnica del conflicto era considerada como una variable menor, puesto que hasta entonces el paradigma del análisis enarbolaba la ausencia del Estado como doctrina fundamental del examen político nacional. Sin embargo hoy, los asuntos étnicos y culturales se han convertido en puntos imprescindibles cuando se trata de analizar la cuestión racial sin que hasta el momento se hayan creado leyes y decretos que legislen la educación y la cultura en nuestro país en cuanto al tema racial y los racismos.
Si bien la ley no obliga a nadie a dejar de ser racista, impone derechos y obligaciones que tienen los legisladores para que un grupo étnico deje de ser marginado.
A solo a treinta y ocho años de constituida la República, la Constitución de 1940 dio pasos positivos en contra de la discriminación racial.
Para algunos activistas el tema racial se ha convertido en un modo de vida, aunque se muestren como alfas y omegas de la racialidad, palabra muy de moda para las cuestiones del racismo. Su único objetivo es desacelerar la cuestión y minimizar sus efectos nocivos a fin de que no cunda el pánico.
El prejuicio está tan presente que para combatirlo estamos obligados a usar la palabra racismo.
Los que están en esa línea, más bien de modo oficialista y por mandato, para justificar sin hacer nada el dinero que se les paga,
como Araac, el proyecto Aponte de la UNEAC, como en sus tiempos Color cubano con Gisela Arandia como voz prima, son personas que no tienen una conciencia racial y están sujetos a cánones y mandatos políticos verdaderamente vergonzosos a los que se someten como tíos Tom.
No pasa igual con los activistas independientes, que defienden la unidad racial de la nación. Son marginados y calificados como mercenarios, apátridas, contrarrevolucionarios, negros mal agradecidos y blancos sucios, quienes tienen una clara visión de lo que se juega en el país si persisten las prácticas racistas, muchas veces toleradas o tenidas como bromas.
El Movimiento de Integración Racial “Juan Gualberto Gómez” y la Cofradía de la Negritud que preside Norberto Mesa, aunque separadas por una amplia brecha ideológica tienen la certeza que deben trabajar unidos para hacer sentir al régimen que el problema del racismo en Cuba no se resuelve por falta de voluntad política, y que es agudizado por la desigualdad y la exclusión social.
Como decía la poetisa norteamericana Emily Dickinson: “Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie”.
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