jueves, 17 de abril de 2014

Eusebia Cosme: la declamación en carne viva,




          Manuel Aguirre Lavarrere
                   (Mackandal)

Con “Eusebia Cosme, la rosa canela” la editorial santiaguera Ediciones Caserón da a conocer a las jóvenes generaciones a la más relevante y talentosa figura de la declamación afroantillana.
El libro da fe del cuidado que pusieron sus editores, quienes a través de entrevistas a personas que la conocieron, nos acerca a la vida de esta artista.
Mujer negra, nacida en 1911 en Santiago de Cuba, su nombre completo era Eusebia Adriana Cosme Almanza. Fue fruto de los amores de Leocadia Almanza y Germán Cosme, quienes fallecieron cuando era niña, por lo que fue adoptada por una familia de prestigio en su ciudad natal.
Muy joven decidió probar suerte en La Habana. Ingresó en la Escuela Municipal de Música y Locución, donde estudió música y teoría de piano. Estudió declamación en la Academia de Declamación del Conservatorio Municipal.
Comenzó su carrera como declamadora en 1930, vinculada a la corriente negrista que había surgido desde finales de los años 20 y que en Cuba encontró sus máximos exponentes en Nicolás Guillén y Emilio Ballagas.
A todos cantó Eusebia Cosme, y surgió así un vínculo entre poetas y declamadores que llevó muchas veces a algunos autores a escribir poemas para que fueran declamados por ella. Tal es el caso de Andrés Eloy Blanco, cuyo poema, Píntame angelitos negros, fue escrito especialmente para ser declamado por Eusebia Cosme.
No faltaron en su voz los trabajos de intelectuales afroestadounidenses como Langston Hughes y Paul Laurence Dunbar, ni de antillanos como el puertorriqueño Luis Palés Matos y de otros cultivadores de la poesía negrista.
En 1937 decidió abandonar Cuba e inició una gira artística que la llevó diversos escenarios del mundo. Viajó por América del Sur, Europa, Estados Unidos y el Caribe, donde a la vez que brindaba su arte, se nutrió de toda la sabia viviente de las distintas culturas del continente americano. Entró en contacto directo con lo real maravilloso y fortaleció su espíritu y su canto.
Sabiéndose mujer negra, la razón de ser de su raza le dio el aliento necesario para seguir adelante.
Fue aclamada donde quiera que se presentó y considerada la más alta exponente del verso afroantillano.
Ya radicada definitivamente en Nueva York, tuvo su propio programa radial, El show de Eusebia Cosme en la Columbia Broadcasting System, donde a través de poemas y lecturas dramatizadas vio el éxito en cada una de sus presentaciones.
Viuda de Frederick Laviera, con quien se había casado a mediados de la década del 40, emprendió una carrera como actriz que la llevaría a una compañía teatral mexicana y a participar en la película The Pawnboker, filmada en 1964, donde hizo gala de su propia naturaleza más que del histrionismo dramático.
En el cine y la televisión mexicana interpretó a la siempre bien recordada Mamá Dolores, en El derecho de nacer, obra surgida del talento creador del cubano Félix B. Caignet, con la que cosechó un éxito rotundo que le valió varios premios.
En la película Rosas blancas para mi hermana negra, Eusebia Cosme trabajó con Libertad Lamarque y otras aclamadas actrices de la época.
Se radicó durante muchos años en México, país que adoraba y que le había dado tanto. Allí puso a prueba sus múltiples talentos. Componía, cantaba, y motivada por la pintura abstracta, da a conocer su obra pictórica a través de varias exposiciones en México, Washington y Nueva York.
Tras una vida de éxitos, en la que no conoció el racismo, Eusebia Cosme murió en 1976, en Miami, a los 65 años.
Es imborrable su huella como actriz en el teatro, la radio, el cine y la televisión.
Esta mujer, cubana y a la vez universal, tuvo la suerte de poder mostrar su arte, su talento y valía en plena libertad.
Para conocerla mejor, el libro “Eusebia Cosme, la rosa canela” es un buen punto de partida.









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