martes, 1 de noviembre de 2011

Apego a la verdad histórica.

Manuel Aguirre Lavarrere
(Mackandal)
Si se dice que en el negro no hay culpa aborigen, ni virus que lo inhabilite para desenvolver toda su alma de hombre, se dice
la verdad, y ha de decirse y demostrarse, porque la injusticia de este mundo es mucha, y la ignorancia de los mismos que pasa
por sabiduría, y aun hay quien crea de buena fe al negro incapaz de la inteligencia y corazón del blanco: y si a esa defensa de la
naturaleza se le llama racismo, no importa que se le llame así, porque no es más que decoro natural, y voz que clama del pecho
del hombre por la paz y la vida del país.
José Martí
La matanza de los miembros del Partido Independiente de Color y otros cubanos negros y mestizos en 1912 es tocada ahora por el historiador Rolando Rodríguez en el libro La conspiración de los iguales, que pretende arrojar luz sobre la tergiversada historia.
El autor de esta obra arremete contra los Independientes de Color sin tener que envidiar nada a los racistas que orquestaron la masacre, y los declara culpables por haber fundado con acierto un partido de negros y mestizos en 1908, con sobradas posibilidades de ganar las elecciones si la calenturienta cabeza de Martín Morúa Delgado no llega a interponer la ley que los dejó ilegalizados.
Hasta ese momento, los partidos existentes en la Isla estaban conformados por blancos, en su mayoría racistas que olvidaron el sacrificio de los 82 000 muertos que pusieron los negros en las guerras independentistas contra España. En dichas contiendas perecieron 26 000 blancos. Las cifras son más que suficientes para medir quién fue quién en la manigua.
Si hubo un sector de la población que no albergó prejuicios y masivamente levantó el machete contra la Metrópoli, esos fueron los negros y mestizos, cuyo único anhelo era lograr la libertad de Cuba y ver cumplidos los compromisos de Martí para una patria inclusiva, “con todos y para el bien de todos”. Pero el Apóstol fue traicionado.
La desigualdad fue tomada como un derecho legítimo. Nadie se ruborizaba ni protestaba contra las injusticias reiteradas que se cometían contra el negro, todas encaminadas a su no reconocimiento, como cuando Manuel Sanguily negó a los negros la ciudadanía.
Bastó que los negros decidieran unirse y luchar por sus derechos para tildarlos de racistas que pretendían crear una república negra en Cuba, o por lo menos dividir la nación, algo que en ningún momento fue el propósito de los Independientes de Color, pues a pesar de su nombre jamás abogaron por el separatismo de los negros y mulatos, sino por su integración en la sociedad y por su participación en el gobierno, “con el propósito de que se nos gobierne bien”.
Lo que ingenuamente pidieron los Independientes de Color a Estados Unidos fue su mediación en un conflicto, lo cual no quiere decir intervención. Cómo llamarle a estos aguerridos hombres “grupo de degenerados sin razón y sin bandera”, como los llamó Manuel Sanguily, quien prefirió abrazar la Enmienda Platt antes que discutir valientemente los destinos de Cuba.
La verdad histórica es sagrada. No se puede engañar a las generaciones presentes y futuras con textos que, por compromisos políticos y ventajismo partidista, siguen llenando de mentiras los anales patrios.
La masacre de estos hombres fue llevada a cabo mayoritariamente por sus mismos compañeros de la guerra contra España. Fue una matanza calculada y rencorosa, con el fin de poner en marcha el blanqueamiento de la nación cubana. ¿O es que acaso la llegada de un millón de ibéricos a Cuba, con amplias posibilidades de adquirir tierras, las mismas que fueron negadas a negros y mestizos, tenía otra intención?
Nadie protestó. Fue la cobardía y la inconsciencia de los cubanos blancos de la época lo que provocó uno de los hechos más aborrecibles de la historia nacional, donde lamentablemente, el segundo al mando del general Monteagudo, era el hijo de José Martí.
Publicado por APLP, 20 de octubre de 2011