martes, 10 de mayo de 2011

Nada que mendigar

Manuel Aguirre Lavarrere
(Mackandal)
La medida de un hombre no está en lo que hace en un momento de comodidad, sino cómo actúa en tiempos de reto y de controversia.
Martin Luther King Jr
A los afrocubanos nadie le regaló la libertad. Ella fue ganada por la entereza y hombradía de miles de esclavos que supieron tomar conciencia, aún con el analfabetismo colgado sobre sus vidas. Tampoco puede hablarse de una conformación de la nación cubana si no se tiene en cuenta, pero bien en cuenta, a sus verdaderos y principales protagonistas. Por encima de cualquier otro grupo étnico, y sin caer en exclusivismos, fue la población negra de Cuba quien dio a esta nación su carácter nacional, en un ajiaco con sabor a África. Y gracias a esta raza, hoy despreciada y llevada al último peldaño de la escala social, pudo este país librarse del coloniaje español y dejar de ser para la metrópolis una de sus principales propiedades de ultramar. Porque eso fuimos, eso fue esta Isla hasta que los negros dijeron basta. Y aunque no cabe duda de que el gran número de jefes mambises fueron blancos, la vida y la sangre que abonó esta tierra, el arrojo en la manigua, el valor contagiado a las caballerías, y los ochenta y dos mil muertos en la guerra, fueron protagonizados por los negros.
Por eso no hay que mendigar derechos, no hay que arrastrarse a ningún poder por dictatorial que sea para exigir lo que se ha ganado a punta de coraje y defendidos a la luz de cualquier época y razón.
Los miedos en las personas fortalecen poderes que se reorganizan y pujan siempre a favor de sus propios beneficios. Por tal razón no necesitamos negros como figuras decorativas en el Comité Central ni en ningún puesto de poder causante de daños y exclusiones. Tenemos derechos a ser los pintores y no modelos de barros.
El flujo de un discreto número de afrocubanos al Comité Central no es para satisfacer las necesidades del afrocubano en colectividad ni para resolver ningún problema inherente a la población en su conjunto con derecho a ser escuchada, sin bridas ni orejeras. Es la insustancialidad de un régimen que ha tenido que esperar más de cincuenta años para darse cuenta de que el negro existe.
Y si el negro existe, pues el negro tiene el derecho que da o quita la Ley en reclamar su soberanía, su autoestima y su estatus de ciudadano libre, como lo son, sin ganarlo, muchos blancos de aquellos descendientes encuevados al primer toque a degüello salido de la garganta de un negro contra España.
Esta selección demuestra algo más importante. Y aunque el afrocubano tiene derecho a participar en todas la decisiones con respeto al presente y futuro de la nación, esto demuestra, no ya una voluntad consciente del régimen, sino una orden de obediencia para continuar dividiéndonos en buenos y malos, apoyado en una ideología importada, blanca y siempre excluyente entre negros confiables y negros mercenarios, apátridas, peones del Imperio y toda una serie de calificativos que denigran al ser humano, a ese que es el único que tiene derecho a exigir lo que le corresponde.
No nos conformamos. Conformarse es seguir arrastrando los estereotipos que por siglos nos han mantenido en la exclusión, que por toda la historia nos ha mantenido obligados a vivir en una patria sin justicia social, en el silencio y la marginalidad. Conformarse con el incumplimiento de un régimen como el actual en Cuba, es otorgarle el crédito que no merece; no ya sobre los negros, sino con una inmensa mayoría ciudadana, obligada a decir sí o perecer en el reclamo y verificación de sus derechos, aunque marchen en la Plaza un primero de mayo. No nos conformamos porque eso sería sembrar la duda entre nosotros mismos, pelear negro contra negro, que es lo que en cualquier momento puede evocar el régimen y lavarse las manos como Poncio Pilatos.
Vivir dignamente es el derecho a reclamar derechos, y a no dejarnos involucrar en el discurso demagogo de un sistema que no cree ni en su propia existencia como fuerza política. Es también la consideración y respeto hacia el blanco digno y antirracista, que es la fuerza que necesitamos. Y el NO progresivo y perenne a una dictadura, que en su discurso político, su engallamiento y su auto impuesto título de ideólogo mundial, nos avasalla y desprecia.