miércoles, 3 de febrero de 2010

LA OPINION DISIDENTE

MANUEL AGUIRRE LAVARRERE
(MACKANDAL)
Todo lo que descarga en bien de la prosperidad nacional es bueno para cualquier país. Todo lo que se amilane en hacer patente su realización contribuye al deterioro progresivo y manquedad de su población. La política interna en Cuba tiende a unos propósitos desproporcionados que dan al traste con los abusos y escaseses que padece el pueblo cubano. Esta política se hace más aguda en la población negra que ve como se deteriora sus vidas y se les va de las manos en contra de la propia voluntad del sufriente y por la terquedad de esa política interna que sin consulta ni sonrojo hace padecer a todo un pueblo, y a los afrodescendientes en particular por una incongruente y malévola voluntad de quienes no carecen de nada con respecto a la prosperidad de sus modos de vida en contraste con el deterioro de todo un pueblo cansado y aburrido de lo mismo. Triste, muy triste es la vida en Cuba para quienes piensen un poco en el verdadero concepto de la democracia.
Una raza que llegó a América mediante el engaño y el maltrato físico, que vio perdida su identidd por la trata negrera y que aun así supo dejar ochenta y dos mil muertos en los campos por la libertad, cifra que cuadruplica la de los blancos que en causa común también dejaron la vida, no se remedia con unos cuantos negros en puestos de poder, porque si bien es justo, lo importante no es el cargo que generalmente degrada la integridad y pervierte. Hay que atacar de frente, coger al toro por los cuernos y sentir como propio el dolor del negro, de ese que vive en los barrios marginales, de ese al que la policía acosa sin respiro y el que no es admitido, debido al odio y el miedo a su condición que declara su color de piel, en disímiles puestos laborales. Hay que permitir un debate plural y valiente donde todos tengamos derecho , ese que no viene ni da ningún gobierno, sino la misma naturaleza y el don de haber nacido, para que se pueda hablar de democracia y que sea el negro quien conduzca su propio destino.
El régimen está en la obligación de permitirlo, de oír al disidente puesto que también es parte de la nación y no silenciarlo, anularlo ni acosarlo física y mentalmente como sucede cuando se decide tener una voz propia y perspectivas de política diferentes. Debe hacer algo más en aras de hacer creíble su discurso y no tratar de congraciarse para no ser sancionado en Naciones Unidas como transmisor insigne de una de las aberraciones más bochornosas y abominable como es el racismo, este, que pulula ahora y con el socialismo.