miércoles, 21 de enero de 2009

EL NEGRO: CIUDADANO DEL FUTURO


Conferencia en la Universidad del Aire. Domingo 26 de Abril de 1959.
Por Juan Rene Betancourt, Delegado Interventor de la
Federación Nacional de Sociedades Negras de Cuba.


Cuando dos pueblos, diversos en la raza y en la cultura, se mueven dentro de un mismo escenario histórico, con una re­lación de amo a siervo, allí, en el lugar de ejemplo, habrá prejuicio y discriminación raciales. Limitando la historia al momento del arribo y a la calificación económico-político de los recién llegados, nos enfrentamos con la fuente primera del prejuicio. La disimilitud etnológica, lingüística y moral no forma parte esencial en la etiología del prejuicio racial, sino que constituye un factor de mera gravitación, sin tropismo ni luz propia que incline la balanza psicológica de las gentes en uno u otro sentido, según haya o no equilibrio en la posesión de los bienes materiales por parte de los pueblos disímiles, que concurren en un momento dado en un mismo escenario his­tórico.
Un hecho político como lo fue el de la esclavitud, engendró una disparidad económica, por la cual los descendientes de los esclavistas resultaron dueños de todas las riquezas que produjo el brazo del esclavo y, los descendientes de éste, sólo hereda­ron la desposesión más absoluta y la miseria más espantosa.
Y dicho ya, en brevísimas parrafadas, el origen del dolor sufrido y su naturaleza, debemos plantearnos inmediatamente su posible solución, el método a seguir o la doctrina a aplicar para librar al hombre negro de la irritante preterición conque ayer y hoy se le ofende y se maltrata.
Si observamos con detenimiento, llegaremos a la conclu­sión de que la fuente productora de prejuicio racial, en primera instancia se encuentra en la vida: la realidad objetiva de ser propiedad exclusiva de una raza todas las industrias y todos los comercios: los chalets y los edificios; los autos de lujo y cuantos instrumentos de propaganda existen: revistas, perió­dicos, radio y televisión, el cine sonoro, etc., lo cual determina el control de las altas magistraturas, de todos los honores y en general de toda la cultura; contrastando con la más completa desposesión de la otra, tiene que gravitar y efectivamente ha gravitado sobre las conciencias de las gente?, creando en las
víctimas el más irritante complejo de inferioridad y en los victimarios la absurda creencia en una superioridad racial.
Cuando el niño blanco y el niño negro salen a la vida y se encuentran, desde el momento preciso en que pueden dis­tinguir la diferenciación entre ellos y cuantos fuera de ellos existe; la oposición entre el bien y el mal; la distancia entre lo bello y lo feo, conque una es la raza dominadora y otra la do­minada: una la poderosa y otra la débil, el niño enclavado en el grupo de los que mandan se llenará de alegría, se sentirá feliz y contento de haber nacido y sin más ni más llegará a la conclusión que él pertenece al grupo mejor, al más digno y al más bello y qué aquellas otras criaturas son muy inferio­res. Por su parte el niño negro ante idéntica realidad, pero en­clavado en el núcleo infeliz, en el grupo que alguien denominó "la raza triste", se llenará de amargura o reventará de ira, según los casos, pero en el fondo de su alma nacerá la sospe­cha de que pertenece a los desheredados, a los parias, a los sin patria, y a los aborrecidos. Y esas dos creencias, igual­mente absurdas, la del niño blanco y la del niño negro, como un sedimento negativo que la sociedad inmisericorde deposi­tara en sus conciencias infantiles, va desarrollándose imper­ceptiblemente con el resto de la personalidad, y ya en la edad adulta se parapetará en el inconsciente activo, dictándole des­de allí, como un tirano, a la conciencia plena las más ilógicas a la vez que incomprensibles normas para la conducta.
El hombre, sin perjuicio de sus instintos y de la inteligen­cia en cuanto a la esencia de estos fenómenos, y de la predis­posición para reaccionar de una manera determinada frente a ciertos estímulos, en un mayoritario tanto por ciento de su personalidad es el producto del medio físico-social, de su his­toria y de la posición que ocupa en la escala económico-social.
Fuera de Dios, y al decir esto solo me refiero a la causa primera de todas las cosas, a la inabarcable inteligencia cós­mica, al Sabio Ordenador del Mundo que pudo darle al hombre el cuerpo y el alma, sólo el medio exterior de la naturaleza, las sugerencias objetivas que afectan a los sentidos pueden po­ner algo en la conciencia del hombre, modificándola y condi­cionándola de alguna manera.
Es por esto, que no podrá liquidarse el prejuicio racial ni la discriminación que le es consecuente, sin alterar el espec­táculo diario de la vida, sin modificar las fuentes materiales que producen el mal, que es la única forma en que puede cam­biarse la conciencia del individuo.
Mientras no logremos que en la realidad de la vida las in­dustrias, los comercios, los edificios y en general todo los bienes materiales de la existencia sean indistintamente pro­piedad de negros y de blancos; mientras que las altas magis­traturas y los honores no los ostenten indistintamente los ne­gros y los blancos, no habremos adelantado ni una sola pulgada en el camino de nuestra liberación definitiva.
Tócanos ahora hacernos una pregunta: ¿cómo podremos lo­grar ese equilibrio económico necesario? ¿cómo podremos lo­grar esa modificación del medio físico-social? Sólo hay un camino: organizándonos; convirtiéndonos en fuerza económico-social. La Nación es un ente unicomprensivo en cuyo seno los hombres se agrupan en estratos varios por algún motivo co­mún, generalmente de inconformidad y dolor. De esos estra­tos, solo los que se unen o se organizan, convirtiéndose en fuerza, son oídos y atendidos y llegan a adquirir ribetes his­tóricos.

Jamás una masa amorfa consigue redimirse; el oído del estado es amoral y cruel el procedimiento de la historia; si un pueblo o una raza confían su felicidad a la bondad de los demás; a la caridad cristiana o al favor de un gobierno amigo, acabarán por desaparecer, siendo borrados en definitiva del escenario histórico.
Es el negro mismo quien tiene que liberarse; de sus pro­pias entrañas ha de sacar las fuerzas necesarias para alcan­zar la felicidad. La libertad regalada solo consigue enervar la dignidad de las razas y embotar los sentidos del hombre: Un gobierno amigo puede darle cierta ayuda al negro alián­dole el camino para que llegue a la indispensable organiza­ción antidiscriminativa, que es quien único puede acabar con la discriminación racial, pero no podrá, gobernante alguno, desde arriba, por medio de leyes y decretos, liquidar un he­cho que tiene su raíz en la historia y en la economía, con las implicaciones psicológicas correspondientes, hasta el punto de haber cristalizado en normas de conducta y hábitos men­tales. No podrá, por sí solo y sin la correspondencia en fuerza social por parte de los favorecidos, ningún gobierno, por bien intencionado que esté, acabar de veras con el prejuicio y la discriminación racial, pues no solo será impotente frente a la practicada fuera de él, sino que aún dentro de su propio seno,(1) muy a pesar suyo, tendrá lugar la odiosa costumbre.
El ejemplo lo tenemos a la vista. Nadie que analice imparcialmente dudará de la buena fe de Fidel y de su mejor deseo
(1) Hoy por hoy el negro está más discriminado que nunca en las oficinas del Estado y en todas partes, hasta el punto que muchas industrias, con el pretexto de que eran mujalistas, han sido cesanteados por centenares y sustituidos por obreros blancos.
­
en acabar la disociadora discriminación racial, que estorba la consolidación de nuestro pueblo y entorpece el desarrollo eco­nómico nacional al privar de poder adquisitivo a una porción considerable de la población. No obstante, a ningún observa­dor honesto se le escapará que el negro ha sido excluido, hoy más aún que en ocasiones anteriores de la administración pú­blica. Como el Dr. Fidel Castro no puede estar en todas par­tes, le sucede a él lo que desde que el mundo es mundo le ha sucedido siempre a los hombres de estado: que sus colabora­dores al no tener exactamente sus mismos sentimientos y sus mismas convicciones, tratan por todos los medios posibles de esquivar, de burlar y de desobedecer cuantas disposiciones les resulten chocantes o molestas. Y no hay que decir que la cues­tión racial, eso de hacerle justicia al negro, de sacarlo del opro­bio en que lo tienen sumido, le ha resultado chocante y mo­lesto a muchos, que da la casualidad que tienen poder para no emplearlos, aumentando así el hambre y la miseria en los cubanos de piel oscura. Nadie discute la insuficiencia de los puestos para acabar con la discriminación racial, pero a nadie tampoco se le ocurrirá decir que lo mismo da que el negro esté plazado como que esté desplazado. Inclusive para orga­nizarse y cotizar en su organización necesita estar trabajando y ganando siquiera un salario frugal. Si el gobierno, y más concretamente, el Dr. Fidel Castro, desean hacer algo por el negro, solo tienen que ajustarse a lo siguiente: Primero: no permitir que se discrimine en la administración pública. Se­gundo: Crear un buró de propaganda, dedicado a difundir los valores y méritos de la raza negra en Cuba. Tercero: no in­tentar de ninguna manera de imponer, a guisa de líderes sus amigos negros a la masa. Y cuarto: distinguir en todo momento la diferenciación existente entre las virtudes partidistas de un revolucionario y las virtudes clasistas de ese mismo hombre, pues, a veces nos encontramos en un mismo sujeto la siguiente contradicción: un excelente revolucionario a la vez que un pé­simo negro, pues en este último caso han sido apóstatas y trai­dores, a todas luces incapacitados para intervenir en los pro­blemas de la raza.
Muchos han querido, del día primero de enero para acá, fomentar organizaciones y movimientos tendientes a mejorar la situación del hombre negro, y es bueno aclarar, que tales esfuerzos, de seguro muy bienintencionados, no han logrado ni parece factible que lo logren, ir más allá de un reducido grupo en insalvable desacuerdo entre ellos mismos en cuanto a táctica y a doctrina se refiere.
Es fuerza aceptar que a pesar de las múltiples rectifica­ciones que necesitan las sociedades negras y su federación nacional, constituyen el único instrumento que cuenta con cua­dros de trabajo en todos y cada uno de los términos de la re­pública y con una hermosa tradición sustentadora: son el pro­ducto del esfuerzo honrado de una generación heroica que supo convertir la mocha de chapear en arma de libertad, situándose en los pinachos más elevados de la inmortalidad. Es cierto que las sociedades negras y la federación de todas ellas ado­lecen de ciertos defectos, pero tal aserto solo indica la nece­sidad de un retoque. Mucho han sido los difamadores y hasta calumniadores de las sociedades negras, todos ellos, desgracia­damente hombres de color, los cuales han llegado hasta pre­dicar la desaparición de las mismas, pero ninguno de ellos ha fundado nada mejor, ni igual siquiera a las mencionadas ins­tituciones.
Pensar que dos o tres ocurrentes, por muchos méritos re­volucionarios que tengan, los cuales jamás antes se preocu­paron por la cuestión racial, puedan de un día para otro crear un aparato que tenga siquiera la extensión nacional de las sociedades negras y su federación, es más que una simple ilu­sión, es un ridículo absurdo; alegar que por el hecho de haber estado en malas manos la federación nacional de sociedades negras debemos de destruirla, es una enormidad semejante a si se nos ocurriera pedir la destrucción de la república por ha­ber estado en las pésimas manos de Machado y de Batista.
El complejo de inferioridad se ha incrementado de tal ma­nera y la propaganda ruin y nociva ha realizado tan cumpli­damente su obra desmoralizadora, que la palabra negro ha llegado a ser un vocablo de mala eufonía, aún para aquellos que etnológica y objetivamente son sus sujetos naturales y obligados. Se han buscado eufemismos, disimulos y evasivas laterales para referirse al color prohibido por la sociedad y execrado por los dioses.
Pero a pesar de que al negro le llamen hombre de color o de cualquier otra ridícula manera; a pesar de que le llamen cubano, o de que se tienda cualquier otro tipo de cortina aérea y humosa, en la dura realidad de la vida; en la plena verdad de la naturaleza, el negro estará allí, negro y bien negro, una y mil veces, en la apariencia y en la significación enfática del vocablo, y es el mismo hombre de piel oscura el primero en ofenderse y azorarse cuando se le nombra descarnadamente por el color de su persona, sin caer en cuenta que tan indigna protesta lleva inevitablemente a la flaca conclusión de que el ser negro es algo malo, oprobioso o vilmente pecaminoso.
Orgulloso ha de sentirse el descendiente de africano de ser, pues sus antecesores no fueron rufianes, sino valientes guerreros sujetos a la más exigente moral tribal. Orgulloso ha de sentirse el descendiente de africano, pues en esta isla de lá­grimas y de amarguras, ni el látigo ni el boca-abajo enervaron su capacidad de amar, y la tierra regada con su sudor hon­rado la regó luego con su sangre generosa; y el cielo límpido y azul, tan ajeno a sus ayes y dolores en el insensible estetis­mo de su belleza, lo contempló: noble y bravo, en la montaña y en el llano; en el campo y en la ciudad; en la guerra y en la paz, defendiendo y amando a los hombres, que como dijera Martí, tenían el mismo color de sus tiranos ... a los mismos que en realidad habían sido sus tiranos.
Existe gran confusión con las palabras cubano y negro. Muchos son los que preguntan si debemos luchar como cuba­nos o como negros. En realidad, al negro no lo discriminan por cubano, sino por negro, y como tal ha de agruparse y luchar. No deja de ser cubano el negro que se une a sus hermanos, a los que sufren su mismo dolor, para alcanzar por la fuerza de la unión una vida mejor, como no dejan tampoco de ser cu­banos el guajiro, el obrero o el ganadero, que se agrupan para así mejor obtener dentro de la problemática cubana, una más completa realización clasista.
Cuando el negro no quiere ser negro ha renunciado al ho­nor; cuando no queremos que se hable de negros y de blancos, no queremos que se hable de Cuba, pues ésta está integrada por negros y por blancos; cuando nos negamos a organizamos clasistamente, nos ponemos deliberada o indeliberadamente en estado de completa indefensión, de penosa inutilidad; de abso­luta improductividad, flotando como una masa fofa y amorfa sobre la totalidad del cuerpo social, constituyendo una rémora insuperable y obstaculizadora del avance nacional.
Las sociedades negras de Cuba deben de apretar filas; in­terpretar fielmente los enigmáticos signos de los nuevos tiem­pos; adoptar una doctrina única para conseguir la indispensa­ble unidad de criterio; ir a la masa, a las entrañas de la raza, y extraer la ponzoña salvadora; nutrir sus filas por y con la doctrina, pues son la única maquinaria que tenemos; de ellas lo espera todo el futuro y lo exige todo el presente.
En nuestro país, el negro es el último individuo de la es­cala social. En primer término están situados los cubanos blan­cos; en segundo término los extranjeros de ese color; en ter­cer plano los chinos puesto que tienen economía, y en cuarto y último término los cubanos negros. No caben dudas que nunca hemos sido ni somos aún ciudadanos a plenitud. El hom­bre que con su trabajo creó toda la base de la riqueza nacio­nal en tres siglos de esclavitud y luego con su valor y su
brazo hizo posible el desarrollo de esa riqueza al librar a la isla del yugo metropolitano, hoy se le niega el derecho de ser feliz, especificándolo y maltratándolo de múltiples maneras.
Y tan dura realidad lo ha obligado a vivir a medias, casi en estado latente, desde el punto de vista de su capacidad hu­mana, circunstancias todas que muy a su pesar han convertido "a la raza triste" en una valiosa reserva nacional, que llegado el momento propicio se actualizará, revitalizando a la nación. Y es porque ese cubano de piel negra y cabellos ensortijados; de nariz ancha y labios gruesos, a quien habéis explotado y perseguido; a quien habéis negado; a quien no le queréis per­mitir que gane el pan para sus hijos; ni que alquile un techo para cobijarse, ni que se aculture para que mejor se defienda al superarse, está allí, con sus ojos redondos y sus pupilas par­das como un testigo viviente de vuestros errores en el pasado y como la reserva salvadora que comparecerá, con una son­risa africana en los labios de perdón y olvido, a constituir pa­ra vuestro bien y el de la patria toda, el verdadero CIUDADA­NO DEL FUTURO.