jueves, 23 de agosto de 2012
El odio a la diferencia
Manuel Aguirre Lavarrere
Mackandal
En Cuba el racismo y los prejuicios raciales son fenómenos resultantes de viejas y nuevas políticas que afectan a un mayoritario número de ciudadanos negros y mestizos.
La mujer negra es víctima por partida doble de la discriminación, en las actividades laborales o como sencillas amas de casas que al verse privadas de un salario propio son discriminadas por el que las mantiene, quien por medio del dinero las sojuzga y humilla.
Aun así, siendo esto una realidad, muchos negros y mestizos en Cuba no perciben que son discriminados. Les basta creer en la opinión oficial y contentarse con las promesas y los discursos, que en muchas ocasiones llevan un mensaje racista.
La lucha contra el racismo y la exclusión de negros y mestizos es histórica en Cuba, pero todavía existe el miedo de salir a las calles y enfrentar mediante protestas un fenómeno que tuberculiza a la nación y afecta las relaciones sociales y síquicas de las personas que lo sufren.
El miedo a levantar sospechas de desviación ideológica, como lo cataloga el régimen, hace que muchas personas callen. En Cuba, la opinión diferente, esa que no se adhiere a los dictámenes oficiales, es una opinión desafecta que se paga con el encarcelamiento o la muerte.
El racismo presente en la mayor parte de los políticos cubanos es causa de sus sentimientos de odio hacia la diferencia en un país multiétnico y pluricultural, donde los afrodescendientes, sin importar su nivel educativo, siguen excluidos por los grupos de poder.
La devaluación y el menosprecio son los patrones constantes de un sentimiento racista.
La marginación, implícita en la forma ideológica de la revolución cubana, traiciona el anhelo patrio y polariza: representa positivamente lo que para ella conviene y muestra una representación negativa de aquello que no conviene a sus intereses políticos.
La democracia, si es verdadera, se preocupa por hacer posibles las aspiraciones de derecho y dignidad de todos los miembros de la sociedad, y pone especial atención en los grupos más vulnerables.
Cuba está falta de una política inclusiva y democrática, capaz de poner coto a las manifestaciones racistas, para un verdadero saneamiento de la nación, donde el disfrute de los derechos humanos y las libertades sean la base fundamental de la sociedad
Publicado por Primavera Digital, agosto 8 de 2012, año5 www.primaveradigital.org
jueves, 9 de agosto de 2012
Recomponer la historia
Por: Manuel Aguirre Lavarrere
(Mackandal)
En el acto de recordación a las víctimas del Partido Independiente de Color,
realizado en el Parque Central, al pie de la estatua de nuestro apóstol José Martí, las palabras de desagravio estuvieron a cargo del intelectual y etnólogo Miguel Barnet. En medular documento, Barnet supo plantear los vericuetos de la tragedia y el antinegrismo de una época que tuvo su colofón en la masacre de 1912.
Fue un acto muy merecido a los miles de personas que no vieron realizadas sus aspiraciones y que murieron solo por reclamar que fueran reconocidos sus derechos.
Ahora cuando acaba de ser publicado un libro que pretende desprestigiar a los Independientes de Color y su lucha por el reclamo de la igualdad social y racial, es bueno poner los pies en la tierra y analizar este material desde el punto de vista de sus verdaderas intensiones.
Hago referencia al libro La Conspiración de los iguales, del historiador Rolando Rodríguez, quien no supo ser original ni en el título. Con un texto nada justiciero, trata de reconstruir la historia de forma muy positivista, pero al final solo revela sus propias intenciones como manipulador de la historia y agente del régimen, porque es un libro muy bien pensado para servir sus intereses.
Rolando Rodríguez ha sido hasta hoy el único historiador que ha tenido la desfachatez y al mismo tiempo el valor de ponerse de parte de la represión y a favor de una constitucionalidad excluyente. Pero lo más inquietante es que sea un agente del gobierno cubano quien lo haya escrito, y que sea el propio régimen quien invirtió miles de pesos para poner el texto en circulación.
El libro, más que un análisis histórico, constituye una advertencia, no solo para los que en Cuba y al margen del gobierno luchamos de forma incesante contra la discriminación, dígase Ciudadanos por la Integración Racial, el Movimiento Femenino “Rosa Parks”, o el Movimiento de Integración Racial Juan Gualberto Gómez, sino que aplica también para cualquier partido político o proyecto cívico independiente, así como para otros propósitos oficialistas, como bien puede ser el Aponte, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
El libro marca una raya divisoria para quienes se atrevan a proponer cualquier enmienda, cualquier demanda ciudadana: el que se vaya fuera de los intereses del régimen, debe atenerse a las consecuencias.
Y ahí estará, como siervo fiel y cancerbero historiográfico, apoyando la intransigencia, Rolando Rodríguez.
Publicado por Primavera Digital, agosto 1ro de 2012
(Mackandal)
En el acto de recordación a las víctimas del Partido Independiente de Color,
realizado en el Parque Central, al pie de la estatua de nuestro apóstol José Martí, las palabras de desagravio estuvieron a cargo del intelectual y etnólogo Miguel Barnet. En medular documento, Barnet supo plantear los vericuetos de la tragedia y el antinegrismo de una época que tuvo su colofón en la masacre de 1912.
Fue un acto muy merecido a los miles de personas que no vieron realizadas sus aspiraciones y que murieron solo por reclamar que fueran reconocidos sus derechos.
Ahora cuando acaba de ser publicado un libro que pretende desprestigiar a los Independientes de Color y su lucha por el reclamo de la igualdad social y racial, es bueno poner los pies en la tierra y analizar este material desde el punto de vista de sus verdaderas intensiones.
Hago referencia al libro La Conspiración de los iguales, del historiador Rolando Rodríguez, quien no supo ser original ni en el título. Con un texto nada justiciero, trata de reconstruir la historia de forma muy positivista, pero al final solo revela sus propias intenciones como manipulador de la historia y agente del régimen, porque es un libro muy bien pensado para servir sus intereses.
Rolando Rodríguez ha sido hasta hoy el único historiador que ha tenido la desfachatez y al mismo tiempo el valor de ponerse de parte de la represión y a favor de una constitucionalidad excluyente. Pero lo más inquietante es que sea un agente del gobierno cubano quien lo haya escrito, y que sea el propio régimen quien invirtió miles de pesos para poner el texto en circulación.
El libro, más que un análisis histórico, constituye una advertencia, no solo para los que en Cuba y al margen del gobierno luchamos de forma incesante contra la discriminación, dígase Ciudadanos por la Integración Racial, el Movimiento Femenino “Rosa Parks”, o el Movimiento de Integración Racial Juan Gualberto Gómez, sino que aplica también para cualquier partido político o proyecto cívico independiente, así como para otros propósitos oficialistas, como bien puede ser el Aponte, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
El libro marca una raya divisoria para quienes se atrevan a proponer cualquier enmienda, cualquier demanda ciudadana: el que se vaya fuera de los intereses del régimen, debe atenerse a las consecuencias.
Y ahí estará, como siervo fiel y cancerbero historiográfico, apoyando la intransigencia, Rolando Rodríguez.
Publicado por Primavera Digital, agosto 1ro de 2012
martes, 31 de julio de 2012
El restablecimiento de las conductas y prácticas racistas
Por: Manuel Aguirre Lavarrere
(Mackandal)
La igualdad racial y social en Cuba fue groseramente desfalcada y suplantada por la avaricia del poder político.
Para comprender los logros y quimeras de una igualdad que no pasa de ser virtual, es fundamental adentrarse en los pronunciamientos de Fidel Castro en la Segunda Declaración de la Habana, en 1962, donde se refirió, entre otras cosas, a la eliminación del desempleo, el juego, el vicio y la corrupción. Todos están vigentes en la Cuba de hoy.
También hacía alusión a que el racismo en Cuba estaba liquidado. A más de cincuenta años, se comprueba que es una de las mentiras más inquietantes del régimen cubano.
Si bien las leyes vigentes recogidas en el Código del Trabajo, y más tarde en la Constitución del 24 febrero de 1976 y modificada en 1992, elevan a constitucionales los derechos al trabajo, la seguridad social, la asistencia social y otros; y establece en su artículo tres, que “todo ciudadano en condiciones de trabajar, sin distinción de raza, color, sexo, religión, opinión pública u origen nacional o social tiene oportunidad de obtener un empleo con el cual pueda contribuir a los fines de la sociedad y a la satisfacción de sus necesidades”, la práctica del día a día demuestra que para los afrocubanos esa oportunidad es limitada.
Esta declaración contiene una lógica que constituye la síntesis de la historia de la lucha contra la discriminación racial en buena parte de la República y resume los empeños del antiguo Partido Socialista Popular (PSP) y la forma en que este entendió la cuestión de la discriminación y la solución a ese problema en Cuba,
Hay puntos fundamentales como la desracializacion de los espacios públicos y la nacionalización de la educación en un solo sistema de enseñanza administrado por el estado donde se establece la igualdad racial. Pero el fenómeno es bien complicado: no basta poner cuotas si antes no se tiene en cuenta la capacitación del obrero, lo que implicaba chocar con las formas organizativas de los gremios.
Todas estas medidas, plausibles en su momento, tuvieron la desgracia de fenecer al no tener seguimiento en un país dispuesto al blanqueamiento y a la negación del negro.
Esta irresponsabilidad política trajo como consecuencia, que en la educación, los espacios públicos y los trabajos, el imaginario político de la revolución, más concentrado en la exportación de su ideología, diera por sentado que se le había dado un golpe mortal al racismo. Pero perdió de vista la cuestión de los espacios privados, las relaciones interpersonales y la opinión pública.
Al ser así, estas instancias quedan fuera de la visión de una lógica incluyente, que convierte a los actores implicados en objetos de la gestión de otro, ya sea el Estado, el Ministerio del Trabajo o cualquier otra entidad.
Producto de este atolondramiento político es que queda vivo el foco que da origen al restablecimiento de conductas y prácticas racistas en las escuelas, los centros de trabajo y los espacios públicos, sin que dejen de permear a la sociedad en pleno.
Publicado por Primavera Digital, julio 19 de 2012, año 5
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Espacio para todos
Hecho en Cuba
jueves, 12 de julio de 2012
La reducción del origen étnico del negro.
Manuel Aguirre Lavarrere
(Mackandal)
La reducción del origen étnico del hombre negro es un fenómeno que forma parte de la historia universal. En América esta reducción étnica se originó cuando el africano dejó de serlo para reducirlo a “negro” por medio de la trata esclavista.
Los tabúes contra negros y mestizos se dan precisamente mediante esta pérdida del origen étnico, que implica una constante discriminación que se reelabora constantemente.
Cuba constituye quizá el símbolo de una abolición malograda. El afrocubano todavía sufre las secuelas de la esclavitud y el racismo. En Cuba, la mordaza del socialismo y sus políticas de reducir al hombre en masa, conllevan también la abolición de los derechos y el blanqueamiento constante de la mentalidad.
Si un concepto ideológico es asiduamente sistematizado como sucede en Cuba y no separado nunca del contexto social conforme a las reales aspiraciones de la ciudadanía, no cabe duda de que estamos en presencia de un contexto político excluyente que responde única y exclusivamente a los intereses del partido único.
El socialismo cubano lleva por base la exclusión política e ideológica. Diferencia al hombre por su modo de pensar y lo marca ofensivamente. Hace énfasis en mostrar desigualdades no sólo políticas, sino también por el color de la piel.
Este fenómeno de calimbar al otro ha existido y existe en todas las estructuras de poder totalitario, donde los más débiles están expuestos a la sumisión y al atropello físico y mental.
Una sociedad que luche verdaderamente contra los prejuicios y los racismos de todo tipo, es aquella que da a sus connacionales la oportunidad de erigirse ellos mismos en sus propios protagonistas sin que para ello tenga que ver el color político ni el origen étnico del ciudadano.
Mientras esto no ocurra, será siempre un estigma para la nación y un sacudimiento sicológico al interior de la persona humana. Será siempre la opresión de unos sobre otros, provocará el odio y el miedo a la diferencia, la patria no será más que una mera referencia.
El hombre debe tener derecho a lo que aspira, sin que para ello tenga que tenerse en cuenta otra cosa que no sea la plenitud de sus reclamos y el respeto a sus libertades.
Publicado por Primavera Digital, junio 28 de 2012, año 5
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martes, 3 de julio de 2012
Un legado intelectual racista
Por: Manuel Aguirre Lavarrere
(Mackandal)
El racismo fue abolido supuestamente por la revolución de la Constitución y los lugares públicos, pero no se hizo ninguna política para lo que se pretendió fuera el accionar consciente de la ciudadanía.
La revolución no se preocupó por la abolición intelectual del racismo ni educó al pueblo con respecto a este fenómeno.
El negro es visto como un ser inferior, que posee una fea pigmentación de piel y un coeficiente de inteligencia inferior y que por tanto, debe ser tratado de acuerdo a esas diferencias, para lograr algún día que por lo menos se acerque a la civilización impuesta por la raza blanca, que se tiene como superior. Todo cuanto no caiga dentro de los parámetros de los blancos, es tenido como cultural y humanamente desechable.
Todo lo anterior ha sido el legado de un pensamiento intelectual racista.
En Cuba, a la problemática racial se suma por defecto el fenómeno del derecho de propiedad. El régimen cubano suprimió la propiedad
privada, que consideró propia del capitalismo. En la sociedad castrista la propiedad privada existe por costumbre y aceptación incluida, pero no -hasta hace poco tiempo- en virtud de leyes y derechos todavía expuestos a la voluntad de un régimen arbitrario.
Ello tiene que ver con las relaciones sociales y de etnicidad, puesto que el régimen es el único propietario y garante del derecho y puede otorgar o expropiar bienes y propiedades cada vez que se le antoje por medio de leyes trampas.
Negros y mestizos en Cuba son propiedad del régimen, que ha pasado de la manumisión y el trabajo libre a convertirlos en mano de obra barata. Una gran dotación de esclavos, todos de un solo dueño.
En el socialismo cubano, el color de la piel pesa sobre las relaciones sociales y el hombre pierde todos sus derechos de libertad y se convierte en propiedad de una ideología que dispone de él y puede venderlo o sacarlo de circulación cuando su amo, el estado, así lo decida. La lucha de clases y el color de la piel pierden todo sentido. No existe el hombre como tal, por mucho que se quiera aparentar lo contrario.
La invisibilidad del negro es el castigo por ser un mal ejemplo y estigma de la sociedad.
El actual racismo es fruto de una eugenesia prolongada y de un legado intelectual blanqueado y antinegro.
Sólo los regímenes abiertos pueden ser capaces de dar espacio a todos, de debatir los problemas sociales sin mediación del estado, cuya única obligación debe ser obedecer la voluntad del pueblo. Y eso únicamente lo alcanza la democracia representativa, formula ideológica y política no superada hasta hoy por ninguna otra para garantizar los derechos individuales.
Publicado por Primavera Digital, junio 7 de 2012 .
www.primaveradigital.org
(Mackandal)
El racismo fue abolido supuestamente por la revolución de la Constitución y los lugares públicos, pero no se hizo ninguna política para lo que se pretendió fuera el accionar consciente de la ciudadanía.
La revolución no se preocupó por la abolición intelectual del racismo ni educó al pueblo con respecto a este fenómeno.
El negro es visto como un ser inferior, que posee una fea pigmentación de piel y un coeficiente de inteligencia inferior y que por tanto, debe ser tratado de acuerdo a esas diferencias, para lograr algún día que por lo menos se acerque a la civilización impuesta por la raza blanca, que se tiene como superior. Todo cuanto no caiga dentro de los parámetros de los blancos, es tenido como cultural y humanamente desechable.
Todo lo anterior ha sido el legado de un pensamiento intelectual racista.
En Cuba, a la problemática racial se suma por defecto el fenómeno del derecho de propiedad. El régimen cubano suprimió la propiedad
privada, que consideró propia del capitalismo. En la sociedad castrista la propiedad privada existe por costumbre y aceptación incluida, pero no -hasta hace poco tiempo- en virtud de leyes y derechos todavía expuestos a la voluntad de un régimen arbitrario.
Ello tiene que ver con las relaciones sociales y de etnicidad, puesto que el régimen es el único propietario y garante del derecho y puede otorgar o expropiar bienes y propiedades cada vez que se le antoje por medio de leyes trampas.
Negros y mestizos en Cuba son propiedad del régimen, que ha pasado de la manumisión y el trabajo libre a convertirlos en mano de obra barata. Una gran dotación de esclavos, todos de un solo dueño.
En el socialismo cubano, el color de la piel pesa sobre las relaciones sociales y el hombre pierde todos sus derechos de libertad y se convierte en propiedad de una ideología que dispone de él y puede venderlo o sacarlo de circulación cuando su amo, el estado, así lo decida. La lucha de clases y el color de la piel pierden todo sentido. No existe el hombre como tal, por mucho que se quiera aparentar lo contrario.
La invisibilidad del negro es el castigo por ser un mal ejemplo y estigma de la sociedad.
El actual racismo es fruto de una eugenesia prolongada y de un legado intelectual blanqueado y antinegro.
Sólo los regímenes abiertos pueden ser capaces de dar espacio a todos, de debatir los problemas sociales sin mediación del estado, cuya única obligación debe ser obedecer la voluntad del pueblo. Y eso únicamente lo alcanza la democracia representativa, formula ideológica y política no superada hasta hoy por ninguna otra para garantizar los derechos individuales.
Publicado por Primavera Digital, junio 7 de 2012 .
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martes, 26 de junio de 2012
Privilegios
Por: Manuel Aguirre Lavarrere
(Mackandal)
Los privilegios que otorga el régimen a la elite militarista cubana, a espaldas de la voluntad popular y pasando por encima de todo tipo de consenso ciudadano, no buscan otra cosa que la compra de su fidelidad.
La fidelidad comprada no es el actuar sensato y consciente, que sería lo correcto. Dada la situación de penuria que atraviesa el país, los militares deberían estar dispuestos a renunciar a sus privilegios y a enfrentar las mismas calamidades que sufre la mayoría de la población a la que dicen defender. Pero lamentablemente no es así. Los cuerpos armados, lejos de velar por los intereses de la ciudadanía, son los fieles perritos de los dueños de una finca llamada Cuba.
Los treinta y cinco nuevos coroneles ascendidos personalmente por el presidente Raúl Castro, son la prueba palpable de lo que en este artículo se asevera.
Juraron serles fiel a él y al Partido. No les importa el pueblo ni el destino del país ni la democracia. Les son fieles sólo a él y al partido, es decir, uña y mugre de la desvergüenza.
Este país merece mejor destino y líderes bien comprometidos con el honor que dan la libertad y la pluralidad política.
Se asiste a regañadientes a una manipulación de los valores patrios y de la patria misma cuando solamente unos cuantos son los privilegiados por los que le han arrebatado al país hasta su sentido histórico.
Un ejército desproporcionadamente grande está dispuesto a reprimir, encarcelar y matar por una ciega fidelidad que muchas veces se revierte contra ellos mismos.
Estos privilegios otorgados por el régimen han traído la creación de una nueva clase que restriñe los beneficios al pueblo y lo explota hasta en el abono de la cuota sindical, la cual en reiteradas ocasiones va a parar a las arcas militares. Sucede también con el salario y las remesas. En las tiendas en divisa, que son propiedad de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), la constante alteración de los precios, el atropello al cliente y el autoritarismo amenazante, conforman el amargo día a día.
Los llamados “confiables” son militantes del Partido Comunista y llevan un uniforme que los protege de toda sospecha, así como a sus hijos o familiares, implicados más de una vez en escándalos de corrupción. Sin generar ganancia alguna, se lo llevan todo y son verdaderos inútiles y parásitos enclavados en el corazón de la Patria.
Es precisamente por estos privilegios por lo que una buena parte de la población le hace rechazo, tanto a los policías como a los militares.
Cuestionar sin tapujo esta nueva tendencia clasista, insaciable y racista, de los que más gritan y hasta parece que se comen a la revolución, con todo y banderita, es necesario.
La experiencia de eventos ocurridos en sociedades similares después del colapso del comunismo nos dice que al ostentar poder, son los que después devienen dueños de corporaciones y bienes públicos, formando un regio grupo de presión, que continuarán su enriquecimiento personal a costa del sacrificio colectivo.
Sin fuerza de razón pero sí con la razón de la fuerza y el dinero en el bolsillo, se erigen dueños de la patria y del destino de cada ciudadano.
Quienes dan tales privilegios, no otorgados nunca antes por ningún otro gobierno, ¿tienen moral para criticar a alguien?
Publicado por Primavera Digital, junio 14 de 2012.
www.primaveradigital.org
martes, 12 de junio de 2012
La constante deshonra,
Manuel Aguirre Lavarrere
(Mackandal
He aquí las fuerzas que nos hacen vivir: la dignidad, la libertad y el valor.
José Martí
Confieso que si algo me causa dolor es sentir mi impotencia como ciudadano de raza negra cada vez que veo la estatua de José Miguel Gómez, ubicada en El Vedado.
La estatua está justo en la Avenida de los Presidentes, vía con un flujo permanente de ciudadanos y hermanos de lucha. De cierta manera, comparto la opinión de los que creen ver en ella un insulto a los negros y mulatos cubanos, porque José Miguel Gómez, como presidente, fue el principal causante de la masacre racista ocurrida en 1912.
Hasta ahí los acompaño. Pero exigir la demolición de dicha imagen, va contra la verdad histórica, y crearía un precedente negativo para la nación y para los que aspiramos a vivir algún día en una Cuba con libertad y democracia.
No se puede nadar contra la corriente. José Miguel Gómez, quiérase o no, fue el segundo presidente de Cuba. Fungió como tal de 1909 a 1913, inmediatamente después de la intervención de Estados Unidos, amparados por la Enmienda Platt, tras los disturbios provocados por la reelección fraudulenta de Estrada Palma, período en el que se desempeñó, de 1906 a 1909, como gobernador militar, Charles Magoon.
Desmontar la estatua de José Miguel Gómez sería como borrarlo de los anales de la historia. Se le estaría haciendo el juego a lo mismo que hace el régimen cubano cuando un deportista o artista de cierta relevancia popular, decide cambiar el rumbo y abandona el país: son borrados de todas las listas, sacados de la radio y la televisión, convertidos en no personas, como si nunca hubiesen existido.
Entonces, ¿a qué se juega? Creo que la oportunidad no puede ser más propicia, para saber, si aún alguien no lo sabe, de qué están hechos nuestros dirigentes y el grado de responsabilidad que tienen para la permanencia del racismo y la exclusión de los negros y mestizos.
La estatua está donde debe estar, como también está la de José Francisco Martí, el hijo del Apóstol, que fue el segundo al mando del general Monteagudo en la masacre racista de 1912, y que a todo bombo y platillo inauguró el historiador de la ciudad, Eusebio Leal, en el Centro de Estudios Martianos, pero sin llegar a decir, que sin lugar a dudas, también arrancó cabezas de negros y mestizos.
La perspectiva histórica que ofrece el régimen respecto a los negros y mestizos en Cuba, está tergiversada con el objetivo de sembrar en este segmento poblacional el odio sobre el pasado, la duda y el miedo terrible a lo que les pueda pasar de llegar a desaparecer el actual sistema.
Se puede criticar, y emplazar la conducta impropia que tuvieron tanto José Miguel Gómez como José Francisco Martí, pero nunca negar su existencia. Quedaría inconclusa la historia de la nación si no fueran incluidos, aún cuando nos duela y la entendamos injusta.
No obstante, mantener la estatua de José Miguel Gómez, con lo cual estoy muy de acuerdo, así como la de José Francisco Martí, y no levantar
unas cuantas estatuas de hombres y mujeres de piel negra, que con sobrados méritos deben ser sacados de la injuria histórica, pone sobre el tapete lo que este régimen, como los anteriores, han negado siempre: su naturaleza racista y el compromiso clasista de que los negros y los mestizos cubanos se mantengan en el fondo.
Son símbolos constantes de la desfachatez y el miedo al negro, que no precisamente es quien debe abochornarse, pues hay condecoraciones que deben causar vergüenza, tanto para quien la lleva, como para quien las entrega.
Foto: Manuel Aguirre Lavarrere
Monumento a José Miguel Gómez
Publicado por Primavera Digital, 2012/05/24
www.primaveradigital.org No.221
primaveradigital@gmail.com
Manuel Aguirre Lavarrere
(Mackandal
He aquí las fuerzas que nos hacen vivir: la dignidad, la libertad y el valor.
José Martí
Confieso que si algo me causa dolor es sentir mi impotencia como ciudadano de raza negra cada vez que veo la estatua de José Miguel Gómez, ubicada en El Vedado.
La estatua está justo en la Avenida de los Presidentes, vía con un flujo permanente de ciudadanos y hermanos de lucha. De cierta manera, comparto la opinión de los que creen ver en ella un insulto a los negros y mulatos cubanos, porque José Miguel Gómez, como presidente, fue el principal causante de la masacre racista ocurrida en 1912.
Hasta ahí los acompaño. Pero exigir la demolición de dicha imagen, va contra la verdad histórica, y crearía un precedente negativo para la nación y para los que aspiramos a vivir algún día en una Cuba con libertad y democracia.
No se puede nadar contra la corriente. José Miguel Gómez, quiérase o no, fue el segundo presidente de Cuba. Fungió como tal de 1909 a 1913, inmediatamente después de la intervención de Estados Unidos, amparados por la Enmienda Platt, tras los disturbios provocados por la reelección fraudulenta de Estrada Palma, período en el que se desempeñó, de 1906 a 1909, como gobernador militar, Charles Magoon.
Desmontar la estatua de José Miguel Gómez sería como borrarlo de los anales de la historia. Se le estaría haciendo el juego a lo mismo que hace el régimen cubano cuando un deportista o artista de cierta relevancia popular, decide cambiar el rumbo y abandona el país: son borrados de todas las listas, sacados de la radio y la televisión, convertidos en no personas, como si nunca hubiesen existido.
Entonces, ¿a qué se juega? Creo que la oportunidad no puede ser más propicia, para saber, si aún alguien no lo sabe, de qué están hechos nuestros dirigentes y el grado de responsabilidad que tienen para la permanencia del racismo y la exclusión de los negros y mestizos.
La estatua está donde debe estar, como también está la de José Francisco Martí, el hijo del Apóstol, que fue el segundo al mando del general Monteagudo en la masacre racista de 1912, y que a todo bombo y platillo inauguró el historiador de la ciudad, Eusebio Leal, en el Centro de Estudios Martianos, pero sin llegar a decir, que sin lugar a dudas, también arrancó cabezas de negros y mestizos.
La perspectiva histórica que ofrece el régimen respecto a los negros y mestizos en Cuba, está tergiversada con el objetivo de sembrar en este segmento poblacional el odio sobre el pasado, la duda y el miedo terrible a lo que les pueda pasar de llegar a desaparecer el actual sistema.
Se puede criticar, y emplazar la conducta impropia que tuvieron tanto José Miguel Gómez como José Francisco Martí, pero nunca negar su existencia. Quedaría inconclusa la historia de la nación si no fueran incluidos, aún cuando nos duela y la entendamos injusta.
No obstante, mantener la estatua de José Miguel Gómez, con lo cual estoy muy de acuerdo, así como la de José Francisco Martí, y no levantar
unas cuantas estatuas de hombres y mujeres de piel negra, que con sobrados méritos deben ser sacados de la injuria histórica, pone sobre el tapete lo que este régimen, como los anteriores, han negado siempre: su naturaleza racista y el compromiso clasista de que los negros y los mestizos cubanos se mantengan en el fondo.
Son símbolos constantes de la desfachatez y el miedo al negro, que no precisamente es quien debe abochornarse, pues hay condecoraciones que deben causar vergüenza, tanto para quien la lleva, como para quien las entrega.
Foto: Manuel Aguirre Lavarrere
Monumento a José Miguel Gómez
Publicado por Primavera Digital, 2012/05/24
www.primaveradigital.org No.221
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